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Gritar antes de que llegue el anuncio silencioso de la memoria

Javier Ortiz Cassiani

26 de mayo de 2021 - 10:00 p. m.

En Colombia hemos pasado los últimos años haciendo ejercicios de memoria y reconocimiento a las víctimas del conflicto armado. Nunca será suficiente con los que padecieron tanta infamia. Pero cuando un país necesita recurrir de manera oficial y sistemática a la memoria como catarsis revela lo poco que se hizo cuando la tragedia ocurría: no estuvimos atentos, miramos para otro lado, no nos enteramos de lo que sucedía, no dijimos nada o simplemente aquellos muertos estaban muy lejos de nosotros, y no me refiero solo a la distancia geográfica. Por supuesto, también cabe la omisión por miedo, en un país que tiene una tradición de asesinato a líderes de opinión. (Sí, sí, ya sabemos, también tenemos una tradición de gramáticos y filólogos notables y estadistas destacados y juristas de alto nivel y un proceso electoral sin interrupciones y una democracia sólida y un constitucionalismo envidiable y…).

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Es indiscutible que la institucionalidad de la memoria de las víctimas, pese a algunos opositores, nos ha dotado de un discurso que se manifiesta en monumentos, pinturas, investigaciones, publicaciones, música, danza, teatro, cine, televisión, cocina… Se trata de la elaboración de una segunda piel de la barbarie desde una apuesta ética y estética para generar sensibilidad y empatía nacional. Nos arropamos con ella para sentir, así sea de forma figurada, el horror de las víctimas. También consumimos lo que producen: sus relatos, poemas, artesanías, comida... Decoramos el estudio con los tapetes que elaboran las tejedoras de Mampuján y nos hacemos selfies luciendo los tapabocas que empezaron a fabricar en la coyuntura de la pandemia. Para muchos es la forma de mostrar compromiso con el pasado doloroso de millones, y desde la comodidad de no haber estado nunca, ni mínimamente, en esa condición hacemos ejercicios de memoria.

Pero ya que estamos en esto, que no se nos olvide que la memoria que hoy consumimos en algún momento fue presente. Y muchos no dijeron nada. ¿Dónde estaba yo?, ¿qué hacía yo cuando aquello sucedía?, nos preguntamos ahora mientras hacemos memoria. Precisamente en estos momentos el país está viviendo un estallido social sin precedentes y la reacción del Gobierno ha sido el tratamiento de las movilizaciones en las calles como si fueran un escenario de guerra. No tenemos la excusa de que ocurre lejos, en pueblos que aprendimos a ubicar en el mapa solo por efectos de la desolación que causó la violencia. No, está ocurriendo aquí, en las calles de las capitales y ciudades intermedias del país. Se puede ver desde la ventana de las casas o en vivo por las transmisiones en redes sociales, de modo que es imposible seguir el curso de la vida sin darse por enterado. Los cientos de desaparecidos y los más de 40 muertos no son cifras para esperar a que pase el tiempo y llegue la comodidad de la memoria con la estética de las exposiciones silenciosas. Hay que gritar. Ahora. A menos que en realidad lo que nos guste a los colombianos sea la sensibilidad sin remedio y atemporal, el ejercicio cómodo y esnobista de la memoria.

Posdata. El Gobierno colombiano no aceptó la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Dijo que había que esperar a que los organismos de control de la nación —Fiscalía, Procuraduría, Contraloría, Defensoría— terminaran de hacer sus tareas. A pesar del desabastecimiento habrá lejía, mucha lejía.

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