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Habla Chambacú, memoria

Javier Ortiz Cassiani

21 de mayo de 2026 - 12:05 a. m.

Dicen que en la barriada negra de Chambacú, cerca al centro amurallado de Cartagena de Indias, se sabía de los silencios prodigiosos de las aves que dormían las noches en los manglares del Lago del Cabrero, pero sobre todo de las algarabías de dignidad en medio de la pobreza y la estigmatización. El escritor Manuel Zapata Olivella también lo sabía. Si algo caracteriza su escritura, en la prolijidad de sus formas, es la incontestable conexión con experiencias vitales. En Chambacú habían vivido sus tías paternas con sus primos, y él mismo, de niño, había ayudado a construir aquellos ranchos en esa isla de tierra completada con rellenos de las sobras convertidos en esperanzas.

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Allí “reinaba la anemia y el desamparo”, pero “también bullía el espíritu de superación”, decía Manuel. No sólo por su novela Chambacú, corral de negros, sino también por su incansable preocupación por todos los marginados del viejo puerto esclavista, Zapata Olivella se convirtió en el propagandista documentado de quienes a diario inventaban las formas de fugársele a la candela. Alguna vez dijo: “Abatidos en el día por los soles verticales y en las noches por el frío de las brisas marinas; bajo las lluvias de los aguaceros y zancudos, los negros de Chambacú inventaron un nuevo género de vida humana que les permitió ser opulentos y alegres en su pobreza”.

Manuel también habló de Harlem. Lo hizo a finales de los años sesenta del siglo XX, cuando el destino del barrio Chambacú ya se había definido por la burocracia de la planificación urbana que al final no contempló la solución de la pobreza, sino que la mandó a los bordes de la ciudad para que no contaminara el paisaje que se quería mostrar. El texto es una comparación del grado de resistencias y de formas de habitar de los negros de Chambacú y de otros barrios pobres del Caribe en comparación con Harlem: “Los que conocimos los tugurios de Nueva York nos asombramos ante Chambacú. No por las estructuras físicas de su miseria sino por la apariencia de sus habitantes, por su alegría, su vigor y su optimismo. Aquello que no se ha podido desarrollar en Harlem, la confianza en sí mismo, se encuentra en Chambacú en cada esquina, en los juegos de los niños entre el barro, en el tono de igual a igual entre los mayores. En su tranquilo orgullo. Los nuevos estudiosos de la cultura negra que están floreciendo en las universidades de los Estados Unidos luego de estudiar los nuevos países africanos deberían analizar con cuidado el fenómeno cultural del Caribe”.

Alegría, vigor, optimismo, juegos infantiles, confianza en sí mismo, orgullo… decía Manuel en la víspera del desmantelamiento del barrio. Pero no desde la tacañería del análisis prejuiciado que celebra la supuesta felicidad del “salvaje” en la desgracia como fundamento de la exclusión; aquello era una aplastante declaración de principios sobre la necesidad de tomar en serio la apuesta ética y estética de unas comunidades capaces de reinventarse con orgullo a pesar de las condiciones de miseria.

Esa no es una memoria barata, señor alcalde de Cartagena de Indias. Nadie con un ápice de sensatez quiere que Chambacú se repita. Ni más faltaba. Pero las postales que producirá las nuevas formas de habitar este espacio estarían incompletas sin aquellas que sean capaces de reconocer la memoria de despojo y resistencia de un sitio que, en junio de 1955, Gabriel García Márquez reconocería como “lo más humano que tiene Cartagena”, como “un barrio que hierve y se pudre de pura humanidad”.

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