Después del saludo, lo primero que me dijo Alejandro Imbachí, un joven diplomático de la embajada de Colombia en Hungría, cuando me recogió en el aeropuerto de Budapest, fue que este país completaba su nación con la gente y la memoria de gente que habitaba más allá de su frontera. Hungría siempre busca su nación superando los actuales linderos político-administrativos. No tardaría en darme cuenta.
Una de las cosas que más sorprende cuando uno visita el Museo de etnografía –que funciona en un hermoso edificio construido para ese propósito en completa armonía con el parque Városliget y con el monumento a la Revolución húngara de 1956 y la guerra de independencia en Budapest– es que las colecciones representativas de la nación están conformadas por objetos de los que por lo menos la mitad del total son de lugares que ya no pertenecen políticamente al país, pero que en algún momento fueron parte del territorio húngaro. Es una nación que se sustenta de muchas maneras en la nostalgia por lo perdido como suele pasar con los territorios que operan como bisagra, frontera o como una especie de cernidor que ha servido para colar varias guerras a lo largo de su historia. El mapa de la Gran Hungría está tatuado en la mentalidad nacional, y de cierta forma sirve como elemento de cohesión política que parece usar muy bien Viktor Orbán, su actual primer ministro, para atornillarse en el poder. “Todos los individuos y comunidades húngaras, con independencia de jurisdicción estatal a la que estén sujetos, son parte de una nación húngara unida”, suele decir en algunas de sus proclamas.
Dudo que exista algún húngaro –esté de acuerdo o no con la gestión política de Orbán– que no considere que el tratado de Trianón fue injusto. El 4 de junio de 1920, después de la primera Guerra Mundial, en el palacio del Gran Trianón de Versalles (Francia), Hungría, que había salido de la separación del viejo imperio Austrohúngaro, quedó reducida a la tercera parte de su territorio en manos de sus vecinos; de 282.870 km² que tenía de extensión al comienzo de la primera Guerra Mundial, pasó a 92.963 km². Con Francia, Gran Bretaña, Italia y Japón como cancerberos del acuerdo, Transilvania y el Banato pasaron a Rumania; Felvidék –la Hungría septentrional– y Rutena se integraron a la recién creada Checoslovaquia; Voivodina y los condados de Medimurje y Prekmurje, a Yugoslavia; Burgenland, a Austria; Árva y Szepe serían asignadas a Polonia y, para colmo, sería bolivianizada con la pérdida de la salida al mar a raíz de la separación el puerto de Fiume.
El tratado cercenó una unidad territorial, diversa y compleja, construida –no sin su cuota de uso y abuso del poder– desde el siglo IX. Evidentemente, en once siglos algo de memoria común, algo de comunidad imaginada –como diría Benedict Anderson– se había creado. Pero las nuevas divisiones se establecieron acudiendo a la historia reciente y no la historia más remota. Se trataba de pasarle factura a los que se consideraban como causantes de la guerra de modo que las fronteras estarían definidas no por la tradición cultural sino por los intereses estratégicos de los vencedores. Incluso, gente que pertenecía a la etnia magiar, sobre la que descansaba la construcción de la unidad nacional sustentada en la lengua, quedó por fuera del nuevo y reducido territorio húngaro.
No tiene nada de raro entonces que la mirada cultural de Hungría siempre esté allende a sus actuales fronteras. La nación disipa la nostalgia dibujando, cada vez que la ocasión se lo permite, el mapa de Hungría con los linderos de la patria grande; convirtiendo las antiguas regiones y su cultura en parte fundamental del discurso curatorial de sus museos, y elaborando –como lo ha hecho con calidad estética–, una monumentaria y nomenclatura urbana que rinde homenaje en cada rincón a los escritores que escribieron en lengua húngara.