8 Jul 2021 - 5:30 a. m.

Huracanes de olvidos

Volvió la época de lluvias y huracanes —esos que convierten el Caribe en una hamaca en frenético vaivén— y San Andrés, Providencia y Santa Catalina siguen prácticamente en el mismo estado en que los dejó Iota el año pasado. Aquella vez —como en los tiempos de la “colombianización” de la primera mitad del siglo XX— hubo excursiones presidenciales, ropa ligera, promesas, muchas promesas, y hasta un presidente paseándose en cuatrimoto, como un infante rico que estrena juguete en medio de la pobreza. Hay imágenes que a pesar del paso del tiempo nos recuerdan las incursiones a los territorios exóticos con sombrero de corcho e indumentaria caqui. También hubo, por supuesto, tráfico del ejército con las ayudas que llegaban y puteadas de los raizales al Gobierno nacional en creole y en español. “To the divine Providence with my eternal love”, escribió hace un mes en una pared de un jardín infantil el de la cuatrimoto, como para no quedarse atrás. Divino el gordito. Pero, dado el estado de cosas, uno no sabe si está hablando de las bellezas de Providencia o se trata de un encargo a la divina Providencia, a la que, con rodilla en tierra, suele encomendarle muchas cosas desde que empezó a gobernar el país.

Pero ya sabemos que el trato a los territorios insulares no es un invento de esta administración. Ni siquiera de este siglo. El huracán Iota no era ni siquiera una ráfaga de brisa caribeña cuando escribí una nota sobre San Andrés, Providencia y Santa Catalina. Alguna vez buscaba en los archivos virtuales de la Biblioteca Nacional de Colombia un poema de Rafael Pombo y me encontré de casualidad con una poesía de Eduardo Carranza que luego se convertiría en el himno oficial. La guardé porque había estado siguiéndoles la pista a las quejas históricas de la comunidad isleña por el olvido de la nación continental hacia sus territorios insulares y a los intentos fallidos de lograr la militancia y la fidelidad de esos territorios a una colombianidad difusa.

Sin duda, que el poeta más celebrado del país escribiera el himno de las islas era un síntoma evidente del talante del llamado proceso de “colombianización”. Más que la incorporación y la atención estatal desde el reconocimiento de las diferencias con el continente, aquello parecía un nuevo proceso de colonización: las islas existían no por la gracia histórica de sus tradiciones construidas durante siglos de historia, sino porque quien en esos momentos cargaba en su frente los laureles que lo reconocían como el poeta nacional las nombraba en metáforas que quizá resultaban extrañas para cualquiera de sus habitantes. Cuando la nota salió publicada, Iota ya había pasado con su remolino de destrucción. Las islas estaban afectadas, incomunicadas. Providencia y Santa Catalina prácticamente habían desaparecido. El presente hacía evidente la historia. Los resultados, tanto la falta de medidas previas al paso del huracán como el retraso en un plan de reconstrucción que no ha tenido en cuenta las formas de habitar el territorio insular, tienen un soporte en la historia.

No se puede hablar de ese presente caótico y desesperanzador sin el pasado. Lo que está ocurriendo con las islas muestra —en estos tiempos de obsolescencia y de tratamiento superficial y efectista de las noticias— la importancia de los diálogos entre el periodismo y la historia. A la historia también debe recurrir el Gobierno. Por lo menos para saber que la solución a un problema estructural de olvido tiene que ir más allá de un paseo presidencial en cuatrimoto y un grafito cursi en la pared de un jardín infantil.

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