Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
La lógica de las relaciones diplomáticas entre los países no debe estar basada únicamente en que las partes compartan los mismos criterios políticos e ideológicos o en las ventajas económicas que representa esa relación para cada uno de ellos. Por lo menos con los países fronterizos hay que pensar en los intercambios y los relacionamientos establecidos entre quienes históricamente han habitado esas fronteras territoriales. Se trata de grupos poblacionales con el mismo crecimiento social y cultural por encima de las fronteras artificiales instauradas por los estados naciones modernos. Solo hay que recorrer nuestros límites con Venezuela, Panamá, Ecuador y el mismo Brasil para saber de la memoria histórica común y la movilidad étnica transfronteriza que existe desde muchos siglos atrás, antes de que ensayáramos algún nombre para esta realidad, puesto que eran una unidad dividida con la aparición de los estados-naciones modernos.
Aquí es donde tiene sentido la necesidad de construir lo que he llamado una “Diplomacia de la sensibilidad”, la que entiendo como la posibilidad de aplicar estrategias en las relaciones internacionales capaces de ponerse por encima –y mucho más ahora en un mundo hiperconectado– de las convenciones de los estados modernos, y de discutir las mismas nociones con las que hemos entendido la soberanía. Lo que ocurrió en la población de Manaure, La Guajira, en 1968, con un joven wayúu es más que una anécdota de esas que nos encanta tabular dentro del llamado realismo mágico. Sucedió que los altos mandos de las Fuerzas Armadas se habían desplazado hasta La Guajira para la conclusión de una campaña de educación patriótica a los indígenas wayúu ante el conflicto limítrofe con Venezuela. En el acto público de cierre, el general José Joaquín Matallana tomó un arma de dotación y le preguntó a un joven indígena wayúu de los presentes: “Guarecuz [amigo en lengua wayuu], si se inicia la guerra con Venezuela y tú tienes una metralleta como ésta en la mano ¿qué harías?”. El joven agarró el micrófono y contestó con absoluta seguridad: “En caso de que venga la guerra con Venezuela, yo cojo el fusil y mato bastante cachaco”. Para este joven, pese al tiempo invertido para construirles una idea de nación, el enemigo no era Venezuela, detrás y delante suyo tenía una tradición de compadrazgos y relaciones familiares entre los wayúu colombianos y venezolanos, una nación dentro de las dos naciones modernas. Si había un enemigo estaba más en el centro de la misma nación que le pedía fidelidad.
He mencionado las fronteras terrestres, pero pasa lo mismo con las fronteras marítimas. Hay que hacer énfasis en esto porque poco o nada nos fijamos en que tenemos más fronteras marítimas que terrestres y es precisamente en ese escenario y no en el terrestre donde han acudido las mayores pérdidas. Y ha sido así por una razón sencilla: en la definición clásica de la nación moderna colombiana no hemos sido capaces de lidiar con nuestro universo líquido y sus fronteras. Por esa razón, el anuncio del nuevo gobierno del rompimiento de las relaciones diplomáticas de Colombia con Nicaragua debe pensarse más allá del fastidio con el régimen de Daniel Ortega; analizado en términos diplomáticos, por mucho que dure en el poder, Ortega es una coyuntura, como también los es el nuevo gobierno de Colombia. Lo que sí va más allá de la coyuntura es la manera histórica en que los raizales del archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina han hecho del mar su territorio. Es allí donde hay que poner la atención, quizá para que entendamos que la diplomacia debe servir también para fortalecer el milagro más grande que tienen países como el nuestro, la diversidad, que opera también como forma de acabar con los patriotismos de folletín.
