Estar frente a una segunda vuelta en las elecciones presidenciales, para muchos, implica estar ante dos alternativas que en realidad no los representan al pie de la letra. Sin embargo, entre la primera vuelta y el próximo 19 de junio algunos se han ido ordenando. Para sorpresa de su padre —si le fuera posible sorprenderse—, los hijos de Galán, los chicos del Nuevo Liberalismo, corrieron a apoyar al candidato menos progresista de las dos opciones. Ese que, aunque se dice independiente, encarna los valores conservadores de la política más rancia y tradicional, pues detrás de él se posaron como carroñeros los caciques del uribismo y algunos expresidentes: Gaviria y Pastrana. Del otro lado está Gustavo Petro, el candidato sobre el cual siempre sus opositores han tejido la mantilla del temor al comunismo, en un país con una larga tradición de lucha contra la “insurgencia”. Así las cosas, habitados por los prejuicios, a algunos quizá les cuesta ver que el programa de gobierno del petrismo es el más fiel a la Constitución de 1991 y propone, sin titubeos, la defensa por la justicia social que solo a las élites más mezquinas les incomoda. La promesa sobre el acceso a la educación pública de calidad es apenas uno de los derroteros que se trazan las sociedades más modernas. No es una estrategia populista ni es técnicamente inalcanzable. Lograrlo es el único camino para la superación de la pobreza; eso lo sabe la CEPAL desde hace un montón de años. Conocer el mar sí que es una propuesta repelente y poco formada. Un disparo al aire mientras se reproduce ese panfleto vacío que luce en boca de todos: “La lucha contra la corrupción”. Tan carente de estructura que queda bonito en la boca de quienes están investigados por corrupción, reparten puñetazos a sus funcionarios y maltratan a la prensa.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Es posible que la personalidad de ninguno de los dos candidatos sea capaz de ganar un concurso de simpatía, pero el asunto va más de fondo. En primer lugar, elegir entre un progresismo dialógico que pone en la agenda los derechos humanos o elegir un panorama retrógrado que pone en riesgo los logros de las conquistas de las agendas sociales en materia de derechos. Elegir a un presidente que no sepa qué es la Ley 30, que no tenga certeza del nombre del Esmad, que no conozca el funcionamiento del Estado, que maltrate a la prensa y a sus propios funcionarios y que termine discusiones a golpes o con amenazas es un riesgo para el respeto de las instituciones democráticas, las relaciones diplomáticas internacionales y la seguridad nacional.
Recientemente, el Gobierno colombiano evidenció su desinterés en responder a un paro armado de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia, asesinatos a la orden del día, niñas desaparecidas, familias desplazadas, masacres, líderes sociales perseguidos y un acuerdo de paz burlado. Este caos, este país que se desbarata entre los altísimos precios de la canasta familiar, en el que la desesperanza hace que familias completas consideren cruzarse el Tapón del Darién; atravesar, guiadas por coyotes, la hostil frontera entre México y Estados Unidos, un país cuyos jóvenes se pierden entre el consumo de drogas, sin política suficiente de salud mental, un país con hambruna, racista, clasista, necesita experiencia, gente que conozca el Estado, necesita la racionalidad y sensatez de la solidez de un equipo de gobierno que conozca palmo a palmo el territorio.
Que no sea el miedo lo que nos mueva esta vez, que ya sabemos cómo terminamos padeciendo del mismo mal y en el mismo punto miserable. Que esta vez seamos capaces de pensarnos distinto, en un proyecto colectivo, que vivir sabroso deje de ser un eslogan de campaña, para que pueda ser aquello por lo que la gente tenga derecho a trabajar sin tener que suplicarle nada a nadie.