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Comenzaron las eliminatorias al próximo Mundial, y a mí, desde hace rato, poco me interesa la idea de triunfo nacional a través del fútbol. Quizá soy parte del mismo equipo de los que se consuelan diciendo que de todas maneras las uvas estaban verdes. Pero esta suerte de racionalización del sentimiento me sirve para sobrellevar las traumas futboleros pro selección durante la infancia, la adolescencia y la temprana adultez. Como hincha –o mejor, como una especie de anti-hincha porque superé el sufrimiento tan caro a todo seguidor de la selección de su país–, ahora persigo la plasticidad de los gestos éticos y estéticos sin que ninguna bandera me abrigue.
De la primera fecha queda lo hecho por Neymar, quien ya en su veteranía –todo jugador en esta obsolescencia futbolística es veterano después de los 30 años–, superó a Pelé y se convirtió en el goleador histórico de Brasil; Messi dejó en Miami a su guardaespaldas experto en taclear fanáticos que se aproximan demasiado, volvió a su selección, hizo un gol de tiro libre y estalló Argentina. Yo, sin embargo, no pude dejar de imaginar qué habría pasado con este hombre si Argentina no gana el pasado mundial. En estos momentos de ánimos caldeados y polarización electoral en Argentina, lo único que reúne consenso son las puteadas en redes a quienes se atreven a decir que el mundial estaba amañado para que lo ganara Messi. Sobre lo mejor de esa primera jornada, no tengo dudas: el regreso de Marcelo Bielsa al banquillo de una selección, con sus caminatas en círculos a un costado de la raya, como aquellos viejos profesores de escuela untados de tiza, sabios, maniáticos, queridos.
Ahora es martes por la tarde y escribo estas líneas en una sala de espera del aeropuerto El Dorado. Se juega la segunda fecha de las eliminatorias al Mundial, y por supuesto, hay muchas señas que recuerdan que dentro de un par de horas la selección Colombia jugará ante Chile en Santiago. Hace apenas un día se conmemoraron los 50 años del Golpe de Estado de Pinochet a Allende, en medio de ambiente donde la condena a aquel acto, a diferencia de las puteadas a quien ponga en duda el campeonato argentino, no reúnen consenso. Desde esta manera de atender todo lo que se puede mover en un partido de fútbol más allá del balón y los jugadores en la cancha, yo esperaría que hubiera algún acto o un pronunciamiento de los jugadores sobre la conmemoración de este momentos histórico de su país. Es posible, pero también sabemos cómo suele moverse la FIFA en estos casos.
Uno de los que siempre tenía algo que decir en ocasiones como esta era el jugador chileno de origen haitiano, Jean Beausejour. Hace ocho años, en la previa a un partido, dijo: “¿Cómo alguien puede ser tan estrecho de mente que imagina que un futbolista, o cualquiera, solo puede opinar sobre el ámbito en que se desenvuelve, y no pueda tener otros intereses?”. En otra ocasión anotó: “Tengo mi postura marcada, pero mis compañeros en la Selección no la tienen”. Cada vez que podía se refería a los sucesos de tortura y muerte ocurridos en un estadio donde la mayoría de sus compañeros jugaban sin darse por enterado.
Cuando usted lea esta columna habrán transcurrido dos días de finalizado el encuentro entre Chile y Colombia, y tal vez no haya nada que comentar más allá de un balón rodando en una cancha en mal estado en la lógica de burbuja en la que a veces se convierten los estadios.
