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8 Dec 2022 - 5:00 a. m.

La violencia cotidiana y estructural

En 1960, Gabriel García Márquez publicó un ensayo para la revista Tabla Redonda, de Caracas, titulado “Dos o tres cosas sobre la novela de la violencia”. Gabo fue implacable. Dijo que el fracaso de estos novelistas se debía a que, pese a que “estaban en presencia de una gran novela, no tuvieron la serenidad ni la paciencia, pero ni siquiera la astucia de tomarse el tiempo que necesitaban para aprender a escribirla”. El mayor desacierto en la empresa de narrar la violencia —según García Márquez— fue “haber agarrado —por inexperiencia o por voracidad— el rábano por las hojas”. Remató diciendo que se habían extraviado “en la descripción de los decapitados, de los castrados, las mujeres violadas, los sexos esparcidos y las tripas sacadas”, y “se olvidaron de que la novela no estaba en los muertos, sino en los vivos que debieron sudar hielo en su escondite”.

Quizás es otra la manera como se aborda la violencia en la literatura colombiana en los últimos años, pero si entendemos la producción literaria en sentido amplio —en el que entrarían no solo la novela, el cuento y la poesía, sino también el ensayo, los relatos y los informes—, algo de sentido tienen aquellas criticas del nobel para estos tiempos. A raíz de los procesos de paz y las políticas de reconocimiento a las víctimas del conflicto histórico de la nación, cada vez se producen más materiales sobre la violencia en Colombia, pero creo que debemos buscar un punto de equilibrio entre el reconocimiento de la violencia producto de la guerra y la violencia estructural.

Hay unas estructuras de poder y de pensamiento —que algunos creen superadas— capaces de generar violencias cotidianas atroces instaladas por fuera de las dinámicas del uso de armas y de la formación de ejércitos. Lo que ha ocurrido con los dos niños chocoanos en un municipio de Boyacá: la violencia sexual y física producto del racismo están inscritas en las estructuras de poder de la violencia cotidiana. No se trata de desconocer los innumerables relatos de los informes de la violencia política y armada, ni renunciar a poner la lente sobre el espanto sacado a relucir por la Comisión de la Verdad, el Centro de Memoria Histórica y la Comisión Nacional de Reparación en su momento. No, nadie pide una jerarquía del dolor y el sufrimiento, ni que se repliegue el altísimo valor simbólico del reconocimiento de las víctimas de la guerra en Colombia.

Pero, ahora que estamos en esta lógica pedagógica de las violencias, debemos tener cuidado de que el fuego de las narraciones de las masacres atroces del conflicto no nos deje ciegos respecto al espanto de la estructura que avanza por las arterias de nuestra sociedad como si fuera normal y que va eliminando a los unos y a los otros, ya no con ejércitos, sino con la misma gente que es la tía de alguien, el padre de alguien, el hijo de alguien.

No se puede avanzar a ninguna relación medianamente digerible si no comprendemos que estas otras formas de la violencia, esas que conviven amalgamadas con la cotidianidad que destruye la diferencia, al otro, al menos poderoso, al diferente, esas que menoscaban a las mujeres por ser mujeres, a los negros por ser negros, a los indígenas por ser indígenas, a los homosexuales por homosexuales, no hay manera de seguir, de caminar a medias, mientras haya personas que sigan sudando hielo no en sus escondites, sino en lugares públicos en el barrio, en la calle, en la escuela…

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