Mis recuerdos del Mundial de Fútbol del 78 son borrosos y mediados. Son los de un niño que apenas se prepara para cumplir siete años observando ocasionalmente la precaria fidelidad que podía proporcionar un televisor en blanco y negro en casa del vecino. Aparecen como una ráfaga uno que otro lance de Kempes haciendo una media vuelta en el área para marcarle un gol a Holanda y las carreras de Tarantini y Luque con sus melenas al viento. En el Mundial de España 82, el televisor seguía siendo en blanco y negro, y en la casa del vecino, pero tengo recuerdos más claros. El golazo de Eder, de Brasil, que en plena carrera levantó el balón y le pegó fuerte desde fuera del área para clavarlo en el ángulo de la portería de Rinat Dasáyev, el mítico portero de la Unión Soviética. También recuerdo la amargura por la posterior eliminación de Brasil y el aguante resignado porque a la vuelta de las vacaciones mi compañero de pupitre en el colegio no hacía más que dibujar en su cuaderno tachonado la imagen de Paolo Rossi en su carrera desbocada celebrando un gol o levantando la Copa.
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Pese a que con el tiempo llevo de mejor manera las amarguras que me produce el fútbol, porque tengo la capacidad de fijarme en otras cosas y prescindir de la información constante que avasalla, desde que tengo memoria nunca he dejado de seguir el Mundial. Sigue siendo un evento aglutinador y sé de muchos que no tienen ni idea de fútbol o que nunca ven partidos, pero cuando llega el evento cada cuatro años, se van a la ducha con el control remoto apretado en las manos. Y no podría ser otra selección la que ganara el Mundial en esta ocasión: Argentina, un país con una vocación de melodrama tanguero y milonguero para el fútbol como para los culebrones de Libertad Lamarque. Ganaron el Mundial más criticado de los últimos tiempos en un país cuestionado por las serias violaciones a los derechos humanos, la misoginia y la persecución a la población gay, sin descontar que para muchos todo parecía un arreglo entre jeques árabes —los máximos empresarios del fútbol en la actualidad— y la FIFA, para que el último ídolo del negocio no se retirara sin haber ganado un Mundial. Ya habían ganado el del 78 con el drama de la dictadura moviendo los hilos detrás. No hablemos de México 86 y “la mano de Dios”, porque después el mago cabecita negra, en una galopada endemoniada, hizo el mejor gol de la historia de los mundiales.
Lo cierto es que el balón es una especie de bola de cristal que revela el mundo y las lógicas de las naciones. No podría ser de otro modo. El fútbol demuestra lo que ya sabemos: que las naciones no son redondas. En el Mundial que acaba de pasar, 137 jugadores representaron a países en los que no nacieron y, en ocasiones, como mercenarios de ejércitos, podían escoger a qué país representar. En la oficina del profesor camerunés Ndi Gilbert Shang, mi amigo, en el Departamento de Literatura de la Universidad de Bayreuth (Alemania), vi el partido entre Camerún y Suiza, y cómo Breel Embolo, que juega para Suiza, después de marcarle a Camerún, el país donde nació, en vez de celebrarlo se quedó paralizado, a punto de soltar el llanto. Pero vi también cómo mi amigo le hacía fuerza a Suiza y no a Camerún, porque sabía que una buena actuación de la selección le daba argumentos patrioteros al nefasto gobierno de su país. Los argentinos, que suelen ponerse alerta cuando alguien les pregunta qué pasó con la población negra de su país, se inventaron este canto: “Escuchen, corran la bola. Juegan en Francia pero son todos de Angola”. Las naciones, como el balón, no son redondas.