14 Oct 2021 - 5:30 a. m.

Los olvidos de la nación

El 22 de septiembre de 1869, el general Juan Antonio Gutiérrez de Piñeres dirigió un memorial a los representantes de la Asamblea Legislativa del estado de Bolívar, en el que les recordaba que el 10 de octubre de ese año se cumplía el aniversario número 48 de la liberación definitiva de Cartagena de Indias, después de su caída en 1815. Todo parece indicar que cada año el viejo general veterano de la guerra de Independencia invitaba a las autoridades a no dejar pasar por alto tan importante fecha, de la que hace unos días se cumplieron 200 años.

Pero no había sido solo la provincia de Cartagena la que se liberó de manera definitiva de la presencia realista el 10 de octubre de 1821, sino que fue todo el territorio que luego sería la República de Colombia, y si cuando se menciona nunca se habla de independencia o de conmemoración nacional, lo que refleja es la efectividad en la imposición temprana de las fechas que conmemoran acontecimientos ocurridos en el centro del país. Se asumen como los cimientos de la memoria histórica del Estado-nación colombiano, mientras que los sucedidos por fuera de esa cartografía de privilegios están archivados desde el principio en la alacena del olvido.

Por el discurso hegemónico que se ha construido en torno a la Batalla de Boyacá, poco o nada sabe la nación de las batallas ocurridas en la población de Turbaco el 1º de septiembre de 1820 y el 24 de junio de 1821 en la bahía de Cartagena, en la llamada Noche de San Juan. Tampoco se habla, por ejemplo, de la carta que escribió Bolívar desde Turbaco —quizás una de las proclamas más radicales de todas cuantas escribió durante la campaña admirable— dirigida al gobernador español de Cartagena, el brigadier general Gabriel Ceferino Torres y Velasco, el 28 de agosto de 1820:

“¿Se atrevería U. S. a salir de los muros de la afamada Cartagena para venir a tomar posesión de la República de Colombia o dejaría U. S. entrar en ella a los 30.000 soldados que son el terror de su patria? Responda U. S. si el rubor se lo permite, ¿cree U. S. que la caduca y corrompida España pueda aún regir a este mundo moderno? (…) Sepa U. S., señor gobernador, que el pueblo de Colombia está resuelto, por no sufrir la mancha de ser español, a combatir por siglos y siglos contra los miserables españoles, contra todos los hombres, y aun contra a los inmortales si estos toman parte en la causa de España. Prefieren los colombianos descender a los abismos eternos a ser españoles”.

También hemos olvidado —incluso en estos tiempos en que se hacen esfuerzos, a veces ligeros, por mostrar una tradición civilista de la nación— que en octubre de 1821, después de derrotadas las tropas españolas, se firmó un acuerdo mediante el cual se perdonó la vida de los oficiales y soldados españoles derrotados y el país asumió los gastos de su traslado a Cuba, luego de que juraran no volver a tomar las armas en contra de la nueva República. No se trata de reemplazar unas fechas por otras, ese sería otro modo burdo de construir hegemonías, pero poner estos temas en discusión es una manera de ser más consecuentes con una nación que necesita formas más equitativas de lidiar con su pasado.

En 1912, cuando Eduardo Gutiérrez de Piñeres publicó la ampliación del texto de José P. Urueta, Cartagena y sus cercanías, recordaría el memorial que su abuelo Juan Antonio Gutiérrez de Piñeres mandaba cada año a la Asamblea invitando a la conmemoración y se lamentaba por el olvido: “Esa fecha pasa hoy completamente inadvertida”, escribió. Hoy, en el bicentenario de aquel hecho, podríamos decir exactamente lo mismo.

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