En abril de 1969, cuando la escritora Natalia Ginzburg leyó Cien años de soledad, corrió a dedicarle una nota en su espacio del periódico italiano La Stampa. “Desde hacía tiempo no leía nada que me impresionara tan profundamente”, dijo Ginzburg al comienzo de su texto y continuó hablando maravillas de la novela de García Márquez, mientras trataba de ir a contrapelo —por lo menos en ese punto específico— de unos tiempos en los que la gente quería grafitear la fachada de todo lo que medianamente pareciera estructura, dogma, tradición. Ginzburg completó su idea: “Si es verdad, como dicen, que la novela está muerta o a...
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