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En la previa de un partido de fútbol, en Santiago, la gente le pedía a Carlos ‘Chino’ Caszely, jugador de la selección, que por favor averiguara si sus familiares estaban detenidos en el estadio Nacional de Chile. Leonardo Véliz, colega de Caszely, recordaría treinta años después aquella tarde: “Fue escalofriante. Creo que aún había restos de lo que había acontecido en los vestuarios y fue algo muy difícil de asumir”. Al día siguiente del golpe de Estado de Pinochet a Salvador Allende, el estadio de fútbol fue convertido en un campo de concentración al que llevaron aproximadamente 20.000 personas como prisioneras.
El 21 de noviembre de 1973, un poco más de dos meses después del golpe, la selección de fútbol chilena jugaba el partido de vuelta de la repesca de las eliminatorias al mundial de Alemania del año siguiente, pero la antigua Unión Soviética, el rival con el que había empatado en el partido de ida en Moscú, no asistió. En su defecto, la selección jugó un amistoso aprovechando la presencia del equipo Santos, de Brasil, en el país. La prensa internacional denunció lo que acontecía en el estadio y, un mes antes del partido, una comisión de la FIFA estuvo de visita en el lugar. Se cree que para entonces todavía había 7.000 prisioneros en el estadio, pero la FIFA, permisiva y poderosa, dijo que no había ningún problema para que el balón siguiera rodando. Fuimos hasta allá y hemos visto “tranquilidad total”, dijeron.
El cantautor Víctor Jara fue uno de los que estuvieron ahí y no saldría sino muerto. Antes fue torturado: lo quemaron con cigarrillos, le quebraron los dedos, le cortaron la lengua y fue sometido a simulacros de fusilamiento. Finalmente, el 16 de septiembre de 1973 lo acribillaron y tres días después fue encontrado en el poblado de Santa Olga, cerca del cementerio Metropolitano, junto al abogado Littré Quiroga, también asesinado en el estadio. Jara tenía 44 disparos en el cuerpo.
Hace unos días, la Corte Suprema de Chile dictó sentencia definitiva en contra de siete exmilitares que participaron en el hecho. El fallo llega precisamente cuando la nación y el mundo se preparan para el aniversario número 50 del golpe de Estado de Pinochet y el número 22 de los atentados al World Trade Center en Nueva York, ambos ocurrido un 11 de septiembre.
Pero no es solo una coincidencia de fechas, hace ya un tiempo que los documentos desclasificados del Archivo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos demostraron el papel del gobierno de este país en el derrocamiento de Allende; sobre todo del asesor de seguridad nacional Henry Kissinger y del presidente de entonces, Richard Nixon. “Si hay una forma de detener a Allende, mejor hazlo”, dijo Nixon. La desclasificación de los documentos se ha ido haciendo a cuentagotas y cada vez arroja más información. Comenzó con la captura de Pinochet en Londres en 1998, durante el gobierno de Bill Clinton; continuaría con Obama y hace poco se conoció que nuevos documentos fueron desclasificados.
El próximo 11 de septiembre, 22 años después, seguramente el presidente Joe Biden homenajeará a las víctimas de las Torres Gemelas y condenará, como de costumbre, el uso de la violencia política y del terrorismo. La pregunta es si se acordará o tendrá algunas palabras para condenar que con la intervención oficial de la nación que representa, cincuenta años atrás, se patrocinó un golpe militar que generó violencia, torturas, muertes y desapariciones que todavía siguen pesando en la sociedad chilena.
