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Mauricio Babilonia: mucho más que mariposas amarillas

Javier Ortiz Cassiani

27 de agosto de 2026 - 12:05 a. m.
“Fue un gran acierto que el personaje Mauricio Babilonia apareciera desprovisto de la barahúnda de mariposas amarillas”: Javier Ortiz Cassiani.
Foto: Netflix
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Fue un gran acierto que el personaje Mauricio Babilonia, en la segunda temporada de la serie Cien años de soledad, apareciera desprovisto de la barahúnda de mariposas amarillas con las que se le suele identificar. Una producción con todos los recursos materiales, que no escatimó en elementos técnicos y tecnológicos en la grabación para producir los efectos que demandaba la adaptación de una novela con esas características, simplemente decidió —en las escenas donde sale Babilonia—, poner una que otra mariposa, dos o tres, pequeñas, por ahí, revoloteando con la discreción de las polillas y sin la intensidad amarilla de las mariposas de Gabriel García Márquez.

No es ni descuido ni azar. Las mariposas no debían entretener los ojos porque la mente debía fijarse en otras cosas. Laura Mora lo tenía bien claro. Seguramente si es otra persona quien está al frente de esta segunda temporada no hubiera escogido a un actor con las características del que ella escogió para ese personaje. Mauricio Babilonia es un hombre negro, mecánico de la compañía bananera, poseedor de una seguridad, una autoestima y una conciencia de su valía que desconcertaba a la “gente decente”. Pero esa altivez en una sociedad capitalista y clasista en la que se había convertido Macondo por culpa del banano sería su condena: murió de viejo, en la soledad de su minusvalía por el tiro incrustado en su columna mientras quitaba las tejas del baño como lo había hecho prácticamente en todas las noches de los últimos 105 meses para entregarse a Meme y con la indignidad de ser “repudiado como ladrón de gallinas”.

La apuesta de Laura Mora en la adaptación de la novela —no solo para este caso específico—, fue hacer un guiño a Alejo Carpentier. Una forma de no sucumbir ante lo que ella considera la despolitización a la que puede llevar la lectura de Cien años de soledad solo desde el realismo mágico, fue acudir a la idea de lo real maravilloso acuñada por el escritor cubano. También, por supuesto, acudió a la historia: habría que decir, a propósito del personaje de Mauricio Babilonia, que el tratamiento dado a lo afro en la adaptación —lo digo sin todavía haber visto el episodio final— está lejos de ser un simple compromiso con una cifra de participación étnica o de lo políticamente correcto. La gente negra está en la serie, no como una cuota exótica; es una forma de respeto a la historia porque siempre estuvieron ahí, en ese mundo del banano y en todo lo que se desprendía del modelo de explotación, lo que se puede comprobar con un simple vistazo al acervo fotográfico de la región en la primera mitad del siglo XX.

Uno suele esperar un mejor final para un personaje con el carisma, la gracia y la fuerza de Mauricio Babilonia; queda la sensación de que Gabo lo despachó muy rápido. Pero no podemos olvidar, desde la asociación de la estructura de Cien años de soledad con la biblia, que quizá la condena la llevaba en el apellido: Babilonia, la vieja ciudad conocida como la “puerta de dios” o “la puerta de los dioses” en la baja Mesopotamia, diseñada por Nabucodonosor II, que tuvo momentos de gloria y esplendor, aparece en el Apocalipsis encarnada en la “Ramera de Babilonia” que va “montada sobre una bestia escarlata de siete cabezas y diez cuernos, y ebria de la sangre de los justos”. Así las cosas, que sea Aureliano Babilonia, el hijo de Mauricio, quien termine de descifrar los pergaminos de Melquiades mientras Macondo es destruido “por la cólera del huracán bíblico”, no es ninguna coincidencia.

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