Hay escenas donde la gente tira la casa por la ventana, y no en sentido figurado. Gente desmontando los lavamanos y bacinetes de sus precarias viviendas, sacando por las ventanas tres o cuatro trastos de cocina y colchones mohosos mapeados por el orín. Gente que desmonta las ya destartaladas casas. Las destechan y cargan en romería las láminas para ponerlas en lugares medianamente seguros esperando que pase una lluvia con pretensiones de eternidad. No hace falta un conflicto armado para ver estas escenas, hay otras formas de violencia que no necesitan fusiles. Problemas estructurales en los que pocos piensan, mientras en la coyuntura se acarrea lo poco que se puede de esa miseria para fugársele a la tragedia.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
La lluvia pone el suelo y el corazón blanditos, y agrieta y derrumba la esperanza y las casas. Como se movieron antes para salvar sus vidas, la tragedia se ensaña con los muertos. Se mete a los cementerios, remueve las tumbas, voltea la tierra, exhibe los restos humanos para dejar en claro que es una farsa aquello de que con la muerte se acaban las diferencias y todos somos iguales. Pero en Cartagena lo único democrático parece ser la mierda. En la ciudad del metro cuadrado más caro de la nación las alcantarillas se desbordan cuando caen los aguaceros y las aguas lluvias y residuales rodean los hoteles cinco estrellas, se meten a los bares e inundan las plazas y sus restaurantes costosos. Fluye la mierda, tanto como en los barrios pobres de las faldas del cerro de la Popa y en los que bordean la ciénaga de la Virgen.
La lástima, al igual que la tragedia, se repite cada año y el discurso militante sobre la crisis climática y el calentamiento global transita por las redes sociales en esa afán inédito y mediático que se ha tomado la política en los últimos tiempos. Por primera vez en la historia de la nación un Gobierno asume el tema ambiental como una de las prioridades de su mandato, además, con la intención de firmar los acuerdos de cooperación y los tratados internacionales que sean necesarios para contrarrestar el problema. Por lo menos así lo dejó ver claramente el presidente en su pasado discurso ante la ONU y lo ratificó esta semana en la COP27 (Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático), celebrada en Egipto. (Dicen que se encerró en una salita para repasar el discurso, un decálogo de acciones escrito a mano, pero a muchos lo que les preocupó fue que no llegó para la foto oficial del evento).
Cada quien pone el acento donde considera. El caso es que el problema del cambio climático es grave, muy grave, a tal punto que algunos creen que ya no se trata de detenerlo sino de construir una coraza lo suficientemente fuerte para mitigar el impacto y luego trabajar con los restos que queden. En todo caso, las soluciones no pueden venir solo desde el lenguaje esotérico de los especialistas ni de la escatología mediática de los militantes ambientalistas. Hay que crear una pedagogía lo suficientemente incluyente como para sensibilizar a aquellos a los que el futuro les importa un carajo porque la vida se les va en el rebusque diario. Y eso, por supuesto, va más allá de promocionar los pitillos de cobre para reemplazar los plásticos o los cepillos de bambú para reemplazar los tradicionales.
La solución no puede seguir reproduciendo los símbolos de distinción ni olvidarse de que hay unos problemas estructurales que afectan a los grupos más vulnerables desde mucho antes de que el tema ambiental se pusiera de moda.