Nadie parece racista hasta que le toca defenderse de una acusación de racismo. Sucede que lo que operaba quizá como algo desde el inconsciente —instalado en la humanidad por siglos de construcción de un discurso y unas prácticas de creencia en la superioridad racial— se vuelve algo consciente. Hace aproximadamente un mes, Víctor Padilla Amador, un joven negro de 21 años de edad, sufrió un acto de racismo en el Hotel Cartagena Plaza, ubicado en el barrio Bocagrande, de Cartagena de Indias.
Víctor se presentó al hotel para una entrevista de trabajo, había causado buena impresión a los evaluadores, pero al final le hicieron una pregunta absurda —le preguntaron qué tan comunista era— y la entrevistadora —señalando su cabeza— le dijo que tenía que cortarse “eso”. Víctor lleva su pelo afro en trenzas —como estilan muchos jóvenes negros—, y desde su formación y construcción política, así como por su condición de artista de música urbana, ha hecho de su pelo un referente de identidad y pertenencia. No son tiempos fáciles para los jóvenes pobres de una ciudad como Cartagena, así que Víctor planteó algunas soluciones intermedias en su manera de llevar el pelo, pero la gerencia del hotel fue enfática en decir que si quería el empleo ya sabía lo que tenía que hacer: cortarse el cabello.
Víctor no aceptó. Hizo el tránsito de regreso a su casa en un barrio de Cartagena con los ojos encharcados. Pero después que se secó las lágrimas decidió tomar vías legales. Interpuso una acción de tutela a través del abogado Kriss Urueta León. El hotel se defendió con patetismo típico. Dijo que era imposible que fueran racistas porque empleaban a mujeres palenqueras para que ofrecieran frutas a sus huéspedes y que organizaban presentaciones de música champeta en sus instalaciones y otras cosas más. Eso es lo mismo que decir que Cali no es una ciudad racista porque muchos van al festival Petronio Álvarez, comen chontaduro y la comida de los negros del Pacífico y apuran de vez en cuando un trago de viche.
El caso es que Víctor Padilla ganó la tutela y el hotel se vio obligado a pedir disculpas públicas, pero la cosa no comenzó bien. Organizaron el acto y fue el abogado del agraviado quien tuvo que hacerlos entender que estaban organizando un evento para pedir perdón, pero no se habían tomado la molestia de invitar formalmente a la víctima. La invitación al acto —como me hizo caer en cuenta un amigo— ya era problemática. Decía que invitaban a “la ceremonia que se celebrará para ofrecer disculpas públicas al señor Víctor de Jesús Padilla Amador, por trato discriminatorio por causas de su pelo afro”. Es decir, el acto discriminatorio no ocurrió porque el hotel o miembros de su directiva son racistas, sino por culpa del pelo afro de Víctor. Ni por un pelo se salvan estos señores del Hotel Cartagena Plaza.
Pero bueno. Con todo y eso, Víctor, con su abogado y varios acompañantes, fue al acto el pasado lunes y aceptó las disculpas. Pero cuando vinieron las entrevistas de los medios de comunicación a la gerencia del hotel se mantuvieron en lo suyo. Dijeron que el juzgado no tenía la razón con ese fallo y que no lo compartían, lo que —como dijo también en una entrevista el abogado Kriss Urueta León— es lo mismo que decir que Víctor Padilla se había inventado todo. Hay gente a la que se le da la posibilidad de darse cuenta de un error del que quizá no tenía plena consciencia, y en vez de aprender para que este tipo de cosas no vuelvan a suceder, lo que hace es repetirlo, ahora sí, en forma consciente.