Con la estela de muerte que dejó la peste negra de 1348, muchas de las suntuosas mansiones de Florencia quedaron abandonadas. En el Decamerón, Boccaccio se lamenta: “¡Oh, cuántos grandes palacios, cuántas hermosas y bien edificadas casas, cuántas nobles habitaciones y moradas, llenas y pobladas de nobles moradores y grandes señores y damas, de los mayores hasta el menor servidor quedaron vacías y solas!”. En Diario del año de la peste, Daniel Defoe cuenta cómo –en la salida masiva de la gente de Londres huyéndole a la peste que asoló la ciudad en 1665– el rey Carlos II se fue a Oxford con toda su corte y el palacio de Whitehall, salvo por un reducido grupo de soldados que hacían guardia, quedó vacío. Nadie abría las ventanas para correr las cortinas de sus 1.500 habitaciones en aquel verano apestado y el césped crecía sin ley en los fastuosos jardines.
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Aunque la idea de patrimonio colectivo tal como la entendemos ahora es una construcción posterior y no está presente en los textos, estos pasajes representan una invitación a pensar las afectaciones sobre el patrimonio en tiempos de epidemias y pandemias. Sabemos que a raíz del COVID-19 muchos museos y centros culturales de todo el mundo han construido recorridos virtuales para que la gente pueda acceder a colecciones del patrimonio artístico. Además, han tratado de generar espacios de interacción con el público que van desde la muestra en redes sociales de pinturas y esculturas en un estilo desenfadado, hasta invitaciones para que la gente se anime y envíe representaciones hechas en la cotidianidad de sus casas de situaciones de pinturas y fotografías reconocidas.
Por supuesto, son estrategias para el confinamiento, pero los tiempos también invitan a pensar el patrimonio más allá de estos recursos virtuales. Quizá se le ha enseñado a la gente que el patrimonio siempre está lejos; algo que implica moverse del entorno más cercano para poder disfrutarlo. Tal vez es momento de desarrollar políticas que pongan en conocimiento y en valor el patrimonio de las comunidades, pero no para crear unas jerarquías y escalas de valoración en las que lo comunitario aparece como una nota exótica mientras que el verdadero patrimonio impoluto e incuestionable se mueve en otras esferas. Ahora que las opciones de movilidad son limitadas deberían cobrar mayor significación los espacios barriales: las tiendas, las esquinas, los parques, los sitios de comida, los escenarios deportivos, la lúdica, los juegos tradicionales y todos los lugares que han facilitado los encuentros, el intercambio y el fortalecimiento de las manifestaciones culturales. Y para esto no se necesitan los formales inventarios de patrimonio, ni las declaratorias que nos han llevado a creer que la única manera de hacer parte del patrimonio de una nación o del mundo es estar en una bendita “lista representativa”. Tampoco se trata de perder la conexión con lo nacional o lo transnacional, se trata de valorar lo que ocurre en el espacio próximo, pero en la conexión con el todo.
El tapabocas lo tenemos que usar nosotros, no el patrimonio. Hay que ponerlo a hablar, para que la gente lo pueda escuchar y disfrutar a un metro de distancia. Y que no pierda ni su valor ni su importancia, cuando la situación cambie y la gente vuelva a viajar para repetir la ya “folclórica” escena de abrirse espacio a codazos para tomarle una foto a la Mona Lisa.