Uno de los síntomas de que la humanidad transitaba los caminos de la modernidad fue el remplazo de la profecía por el pronóstico. La profecía apocalíptica que, como dice el filósofo de la historia Reinhardt Koselleck, destruye el tiempo, pues se instaura en el pasado, es decir en el más allá, cede ante el pronóstico que, en cambio, construye el tiempo y crea “horizontes de expectativas”, pues se ubica en el más acá o, dicho de manera más precisa, “inserta el pasado en el futuro”. Eso no quiere decir que el mundo hubiera renunciado automáticamente a ellas. La llegada de la modernidad no acaba con las creencias ni con la escatología religiosa. Pero, pese a que Nostradamus y los mayas cada vez aciertan menos y de que cada tanto uno que otro pastor estafa a sus feligreses anunciando el apocalipsis y prometiéndoles el paraíso, vivimos en un régimen histórico en el que por lo menos —en esta minúscula dimensión que compartimos del universo— la mayoría de las decisiones políticas y administrativas obedecen a la ciencia.
Debe ser por la trascendencia que solemos ponerle al fin de año y al comienzo de otro, o porque este virus —de comportamiento hasta ahora poco predecible— ya cumplió dos años y azota al mundo con otra variante y otra ola de contagios, que se me ocurre pensar en el tiempo y la capacidad de pronóstico de la humanidad. A pesar de que cada vez es más difícil el ejercicio de la prognosis —entre otras cosas por eso que llaman aceleración del tiempo, producto de la velocidad de los cambios—, la historia, como dijo el mismo Koselleck, no debe renunciar a su condición de “ciencia del pronóstico que mida los márgenes de posibilidad de acontecimientos” o, como anotó el filósofo Faustino Oncina Coves —en un ensayo introductorio al texto Aceleración, prognosis y secularización, de Koselleck—, la historia no es asunto de futurología ni es un oráculo infalible, pero sí “una ciencia prospectiva, un arte predictivo capaz de erradicar la actual adicción a la futurología; es prospectiva por ser retrospectiva, proyecta porque rememora”, apuntó Oncina con precisión poética.
Nadie estaba preparado para el coronavirus, a todos nos sorprendió, pero el mundo es lo suficientemente viejo como para saber que cada tanto sucedían pestes destructoras. La última de ellas —que había ocurrido hacía apenas un siglo— dejó más de 40 millones de personas muertas. Es decir, la humanidad sabía que una cosa como esta podía ocurrir. Por supuesto, no se podía saber exactamente cuándo, pero estaba dentro de las posibilidades de la existencia de la humanidad y la historia estaba ahí para decirlo. Se dirá que si bien existe la posibilidad de que a una persona la atropelle un auto no por eso deja de salir a la calle, pero es que el verdadero problema está en la reacción ante las crisis. Para nadie es un secreto que, pese a que la ciencia permite elaborar pronósticos, estos cada vez se asemejan más —por lo acelerado del deterioro medioambiental— a las profecías apocalípticas. Ni siquiera así hay una conciencia de la necesidad de cambiar la agenda de la humanidad.
Llevamos dos años lidiando con el covid, aún falta una cuota grande de muertos, pero son pocas las lógicas —como en la reciente y la aclamada película No mires arriba— que la administración mundial esta dispuesta a cambiar. Somos predecibles hasta en mitad del apocalipsis.