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Entro a saco en las conversaciones virtuales con mis amigos Raúl Nivón y Óscar Barrera —mexicano y colombiano, respectivamente— para escribir esta nota. Lo que leerán aquí probablemente es más de ellos que mío. Raúl es experto en historia del deporte, escribió una tesis doctoral maravillosa sobre los Juegos Olímpicos de México 1968, fue gimnasta profesional durante un buen tiempo y practica físicoculturismo. Óscar y yo si acaso hemos ganado un campeonato nocturno de apuramiento de mezcales en alguna cantina de Ciudad de México, pero tenemos habilidades manejando el control remoto del televisor para ver deportes. A los tres nos seduce la estética deportiva y los Olímpicos la sirven en cantidades generosas. En estos días hemos estado hablando de las olimpiadas, de Simone Biles, por supuesto.
Biles, para los tiempos de una actividad deportiva que desteta rápidamente a sus hijos —incluyendo a los consentidos—, llevaba una eternidad reinando y había ganado todo lo que se puede ganar en su disciplina. Por encima de ella, nadie; las nubes, quizá. Lo decía en cada presentación y no solo con sus habilidades deportivas: “Todos pueden decir que eres buena, pero si tú misma lo admites, ya no es cool. Yo quiero que los niños aprendan que está bien reconocer que eres bueno en algo, quizás hasta es grandioso”, declaró alguna vez. Antes había labrado con cristales una cabra en su leotardo y tampoco era solo por sus acrobacias: la llaman la Cabra porque GOAT —cabra en inglés— es un acrónimo de Greatest Of All Times —la más grande de todos los tiempos—.
Antes de los Olímpicos de Tokio 2020, Biles era en extremo segura y sabía que estaba por encima del resto. Nadie imitaba sus rutinas y fue la primera mujer en la historia de la gimnasia en realizar un Yurchenko con doble mortal escarpado. Algo hecho por algunos hombres, pero el grado de dificultad que le puso Biles hasta el momento solo ella puede hacerlo. Pero aquí comenzó la cosa: la calificaron bajo, pues las autoridades deportivas de la gimnasia consideraron que incitaba a las otras competidoras —que no tenían sus habilidades para hacerlo— a tomar riesgos con su integridad física. Incluso se negaron a darle máximas puntuaciones a otros saltos de ella que tenían menor dificultad. Simone reaccionó: “Los puntajes de dificultad son muy bajos y ellos lo saben, pero no quieren que haya mucha distancia entre todos […] siento que ahora solo tenemos que hacer lo que ya hacemos, no tiene sentido hacer más porque no lo van recompensar”. Biles estaba por encima de la gimnasia, no era de este mundo y la fueron bajando para que compitiera en el terreno de los mortales. Allí comenzó la pérdida de confianza. Allí comenzaron a quebrarla.
No es que su renuncia con el argumento de la salud mental la vuelva terrenal, es que era de otro nivel y la fueron llevando desde antes de los Olímpicos a pensar en un nivel que para alguien superdotada como ella era aceptar la mediocridad. Biles solo competía contra sí misma y cuando la obligaron a competir con los terrícolas se quebró. Se dio cuenta —y allí está la paradoja— de que en ese terreno vulgar podía perder. La Federación Internacional de Gimnasia debió consentirla hasta el final; en cambio, se fue aburriendo con su reinado, la fue acorralando hasta llevarla a este estado de cosas. En los Olímpicos ella debió decirlo, como lo dijo con fuerza aquella vez que calificaron bajo su proeza. Ahora todos ponderan su valentía por haber renunciado, pero sabemos que eran sus últimos juegos y la reina merecía otro final, pero la gimnasia no quiso dárselo.
