El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Terremotos, historia, política y sociedad

Javier Ortiz Cassiani

16 de julio de 2026 - 12:05 a. m.
“Tanta infamia y falta de respeto de Donald Trump a la condición humana parece inverosímil”: Javier Ortiz Cassiani
Foto: EFE - Miguel Gutiérrez
PUBLICIDAD

“A aquel ruido inexplicable sucedió el silencio de los sepulcros”. Así resumió el médico, político e historiador José Domingo Díaz Argote en sus Recuerdos sobre la rebelión de Caracas, publicado en 1829, el terremoto que padeció Venezuela el 26 de marzo de 1812. El movimiento telúrico que demostró su poder devastador en un lapso corto de tiempo ocurrió en los momentos en que las batallas por los cambios políticos y sociales sacudían con fuerza la Capitanía General de Venezuela –sucedió justo dos años después de la Declaración de Independencia–, y prácticamente a toda América.

Y, como en tiempos de tragedia no hay manera de evitar que no se ensayen explicaciones más allá de la racionalidad científica –para colmo el sismo había ocurrido un Jueves Santo–, los defensores del régimen colonial se encaramaron en los escombros de las capillas y convirtieron el suceso tráfico en propaganda política: lo ocurrido era la voluntad de Dios en su infinito fastidio por el radicalismo de las hordas patriotas que alteraban un orden considerado natural. Si el poder del rey emanaba directamente de Dios, y las acciones de los adeptos a la causa independentista buscaban deponer la autoridad real en estos territorios, el terremoto era un castigo divino. Pero del otro lado no se quedaron con la lengua y la pluma en reposo. Díaz Argote, en el mismo pasaje dedicado a la catástrofe en sus memorias, escribió que recordaba perfectamente haber encontrado a Simón Bolívar en mangas de camisa, trepado en los escombros buscando sobrevivientes. Con la distancia temporal a favor y con una revolución ya consumada a la que había que construirle un pasado, Díaz describió a Bolívar minutos después de la tragedia envuelto en el aura que lo acompañaría el resto de su vida: “En su semblante estaba pintado el sumo terror o la suma desesperación. Me vio y me dirigió estas impías y extravagantes palabras: «¡Si se opone la Naturaleza, lucharemos contra ella, y la haremos que nos obedezca!»”.

Recuerdo perfectamente que cuando el terremoto de Haití en 2010, hicieron carrera comentarios venidos de muchos lados que explicaban las causas de la tragedia como un castigo del cielo a un pueblo que practicaba el vudú. También –en un momento donde todavía no habíamos llegado a los extremos de difusión mediática actuales– la prensa de regodeaba mostrando imágenes que reforzaban la imagen de Haití como un pueblo bárbaro. No tengo claro si se han popularizado explicaciones religiosas al reciente terremoto que ha devastado algunas ciudades de Venezuela. Es posible que a uno que otro fanático se le haya ocurrido decir que esto se debe a las prácticas del sincretismo religiosos venezolano. Lo que sí ha salido a flote es el relacionamiento del terremoto, sus consecuencias y la reacción oficial ante la tragedia con la realidad política de la nación. Es apenas lógico en un país que estuvo bajo un régimen político durante casi 30 años, y cuyo último bastión fue sacado por fuerzas militares norteamericanas y encarcelado en los Estados Unidos.

Hasta donde sabemos, Donald Trump no ha ensayado ninguna explicación divina a esta tragedia. Lo que hizo fue –mientras hablaba de la ayuda enviada a Venezuela– encaramarse sobre los barriles de petróleo que tanto codiciaba, y que ahora le pertenecen, para anunciar eso: que el petróleo es de ellos, que los golpearon fuerte, pero que ahora los venezolanos están mucho mejor, tan bien que a pesar del terremoto están bailando contentos en las calles. Tanta infamia y falta de respeto a la condición humana parece inverosímil.

Si algo rescatan los analistas sociales de México es que el afrontamiento del terremoto de 1985 fortaleció la sociedad civil. Será necesario en Venezuela –por encima de los bandos y la polarización política–, la voz, no el ruido mediático, de la sociedad civil.

Conoce más
Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.