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Muchos de los críticos de Abelardo de la Espriella han visto como una contradicción que el presidente elegido —que habló en su campaña de destripar a la izquierda— escogiera como su jefe de empalme a Carlos Alonso Lucio, un exguerrillero del M-19. Pero en realidad yo no veo en este hecho ninguna contradicción. Desde hace ya bastante rato, Lucio es uno más de varios de los ex militantes del M-19 que, un tiempo después de firmado el acuerdo de paz con el Estado colombiano, terminaron yéndose a la derecha.
Hay una entrevista que salió en El Tiempo el 16 de junio de 2024 —o más bien un diálogo, porque lo que hace la periodista María Isabel Rueda no es exactamente preguntar sino soltar sus juicios para que Lucio los complemente o las avale— en la que el exsenador, exguerrillero, empresario agrícola, ganadero y predicador, dice que el objetivo de Gustavo Petro es hacer colapsar el sistema electoral en el 2026 para, supuestamente, impedir las elecciones presidenciales. Parte de las bases del discurso que desarrolló Abelardo de la Espriella se encuentra expuesta en esa entrevista. Lucio trató a Petro como un violador de la Constitución, y habló de su supuesto afán por perpetuarse en el poder, y de la necesidad, ante eso, de convocar un movimiento para la defensa de las elecciones. Esto, sumado a la idea de la compra de votos o del llamado “voto fusil”, fueron las ideas que De la Espriella y sus seguidores machacaron y siguen machacando en su discurso.
El nuevo presidente la tiene clara con ese nombramiento; por eso lo escogió antes como su director programático de campaña. Hace poco un medio publicó un artículo en que se dice que cuando Lucio buscaba recursos para su aspiración a la alcaldía de Bogotá, en 1992, usó como garantía un laboratorio fotográfico que era en realidad de un amigo y que hizo pasar como de él a través de una venta simulada. Cuando tuvo problemas para pagar el crédito los bancos intentaron cobrarse con el laboratorio, pero descubrieron que pertenecía a otra persona. Lucio se defendió denunciando al amigo que lo había ayudado acusándolo de abuso de confianza y haber presentado los documentos de la venta simulada, lo que llevó al verdadero propietario a explicar que esos documentos no tenían ningún soporte real, y Lucio sería condenado el 14 de agosto del 2000 a dos años de prisión por falsa denuncia.
Más adelante, Lucio sería acusado por el ex comisionado de paz, Luis Carlos Restrepo, de asesor al paramilitarismo, justo para los tiempos en que su esposa Viviane Morales era la fiscal general de la nación, lo que generó una discusión en el país sobre conflicto de intereses. Varios medios hablaron en ese momento en que la investigación estaba condena a vivir “el sueño de los justos”. En los últimos días, los medios de comunicación se han concentrado en mencionar su paso de guerrillero a jefe de empalme de un presidente de derecha tratando de ubicar una especie de paradoja. No hay ninguna, porque quizá la conexión hay que buscarla por los caminos que conducen a Santa fe de Ralito y no por otro lado. Ahí, o tal vez en la cruzada —en la lógica de su apostolado como predicador cristiano— que emprendió con su esposa en contra del matrimonio gay y de la adopción por parte de parejas del mismo sexo expuesta en el libro Cristianos, ¡salid del closet!: una crítica severa al poder LGBTI, publicado en 2015. Repito, contradicción no hay ninguna, la conexión viene por ahí, por eso que llaman “Patria milagro”.
