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“Una cocina arrastrando un pueblo”: los trenes en Colombia

Javier Ortiz Cassiani

09 de octubre de 2025 - 12:05 a. m.

En la primera mitad del siglo XIX, con excepción de Panamá, pocos fueron los espacios de la nación colombiana donde se pensó en construir ferrocarriles. En 1846, Nicolás Daníes Palm, un próspero comerciante curazaleño radicado en Riohacha, presentó una propuesta para construir un ferrocarril de Riohacha a Valledupar. Ese mismo año se quiso formar una compañía con el objetivo de establecer una línea férrea que uniera al puerto de Santa Marta con el río Magdalena a la altura de Piñón, “o hasta otro punto que parezca más convincente en las orillas del Magdalena”. Según el acta de creación de la empresa, se esperaban tener en el lugar escogido “hasta cinco buques de vapor para el tráfico del expresado río Magdalena y el del Cauca”.

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En 1866, alguien que firmaba con el seudónimo de “Un Boliviano” publicó un documento en el que defendía la necesidad de construir un ferrocarril que comunicara a Barranquilla con Sabanilla. Tres años más tarde, en 1869, comenzó la construcción del Ferrocarril de Bolívar, que se inauguró el 1° de enero de 1871. La línea férrea que unía a Barranquilla con Puerto Salgar, con 23 kilómetros de longitud, fue construida por empresarios alemanes, ingleses y colombianos. Más adelante, Francisco Javier Cisneros lo prolongó hasta Puerto Colombia, y el 15 de junio de 1893 se inauguró un moderno muelle en acero, concreto y hierro de 4.000 pies de distancia y 50 de ancho, con el que se puso fin a la necesidad de construir un puerto que ofreciera garantías para el fondeo de embarcaciones de gran calado. El entusiasmo por la construcción del muelle se manifestó incluso en las celebraciones del Carnaval de Barranquilla de ese año, cuando —fieles a la tradición de usar las carnestolendas para representar los sucesos recientes que incidían en la vida de la comarca— un nutrido grupo de barranquilleros hizo una carroza alegórica a la obra, en la que Cisneros aparecía como un héroe: “Cientos de personas se congregaron y un carro que representaba el muelle, con un gran retrato del señor Cisneros, y cerca de cuarenta carros llenos de gente se dirigieron a La Floresta. El señor Cisneros fue colocado en un carro y la triunfal procesión recorrió las calles. Nunca antes algún individuo había sido objeto de un honor tan distinguido”.

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A partir de entonces, comenzó en Colombia un frenesí ferroviario que influyó sustancialmente en la vida diaria de los colombianos y colombianas por donde pasaba este animal acezante. El animal de feroz garganta se sumó a los elementos que definían los procesos civilizatorios que hicieron carrera a lo largo del siglo XIX y la primera parte del XX. Pero más allá de estas apuestas, la gente aprendió a consumir el tren a su manera, con los recursos que tenían a la mano, domesticándolo, nombrándolo. Un recurso que zarandeaba los recuerdos y traía a la memoria, incluso, las malas decisiones de la vida; por eso, todas las tardes, cuando el tren se aproximaba a Cartagena, apenas escuchaba a lo lejos el sonido de la locomotora, una matrona ocurrente que vivía en el barrio El Espinal, frente al castillo de San Felipe, miraba a un punto indeterminado y decía siempre en voz alta la misma letanía: “Ahí viene el maldito tren, que me trajo al maldito del marido mío, para que me diera esta maldita vida”. Comparándolo con lo que tenía a la mano, como aquella señora de la novela Cien años de soledad que lavaba ropa en el río, y cuando vio la máquina que entraba por primera vez a Macondo corrió a definirlo, alarmada, pero con exquisita precisión: “Ahí viene (…) un asunto espantoso como una cocina arrastrando un pueblo”.

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