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En ocasiones, hay usos y maneras de habitar algunos territorios que conducen a lo siguiente: dos hermanos adolescentes, Anthony González Alvear y Ángel González Alvear, de la población de Punta Canoa, en la zona norte de Cartagena de Indias, nadan en un cuerpo de agua recogiendo pelotas de golf. Un vigilante del exclusivo Club Karibana, donde están las canchas de las que proceden las pelotas que los golfistas usan y que por algunos golpes desacertados lanzan hasta el lago, les exige que se retiren del lugar. Después de un cruce de palabras, el hombre de la seguridad se va y regresa con un superior que le dispara a Anthony, de 17 años, causándole la muerte. Ángel, un año menor, corre a su pueblo desesperado luego de haber intentado, sin lograrlo, que los hombres de la seguridad del lugar llamen a una ambulancia o le permitan a él mismo hacer una llamada desde sus teléfonos celulares.
En la lógica tácita del rebusque, no es inusual que jóvenes de Punta Canoa entren a esas zonas de humedales cerca al mar a buscar pelotas. Vecinos de este corregimiento afirman que eso es tan común que hasta los vigilantes cobran una especie de comisión a los que llegan al espacio a desarrollar esta práctica. Lo que también supone, como ocurre en varios lugares del mundo, la existencia de un mercado de pelotas usadas sustentado en ocasiones por los mismos golfistas que las pierden durante los partidos. Es decir, lo que ocurrió va más allá de dos adolescentes entrando a una propiedad privada: hace parte de algo que se vuelve costumbre en la relación que estos espacios lujosos construyen con las comunidades que han habitado esos territorios tradicionalmente. No es un secreto para la administración de estos sitios. Está, de alguna manera, en la lógica de los acuerdos y negociaciones no formales que ocurren en los zócalos, invisibles a la riqueza y al glamur que por allí circula.
Tampoco es un secreto que desde que se establecieron allí, la situación con los pescadores de Punta Canoa ha sido tensa. La estrategia de este tipo de inversiones es reducir al máximo lo que ellos asumen como una incomodidad para sus visitantes. Los pescadores, su presencia en las playas, sus redes, son considerados un problema. Así es el modelo. Hay interés en la tierra por donde se han movido los habitantes pobres históricamente, pero el valor está representado en la inversión, en los visitantes y los nuevos ocupantes de la tierra; los pobres incomodan, y la relación que se establece está fundamentada en eso.
Lo primero que hizo la administración de Karibana ante esta tragedia fue sacar un comunicado de seis puntos. En el primero de ellos afirmaron que “dos personas armadas ajenas al Club ingresaron al campo de golf”. La comunidad tiene claro que los adolescentes no estaban armados. Por supuesto, ante la indignación de la gente apareció el ESMAD oportunamente. Este hecho doloroso es el desenlace trágico de una idea de desarrollo empecinada en construir materialidades y símbolos de distinción y diferenciación. Proyectos que son incapaces de desarrollar relaciones armónicas porque parten de la idea de la inferioridad de quienes habitaban los espacios antes de que ellos llegaran.
Que un vigilante de un exclusivo club sea capaz de apretar el gatillo para asesinar a un joven adolescente, que seguramente pertenece a su misma condición social, no es más que un síntoma trágico de un tema estructural. Un modelo de desarrollo soportado en la clasificación de la gente.
