Era un santo extraño. No tenía nada que ver con el san Martín de Loba montado en su caballo impecablemente enjalmado –cortando con su espada de oficial de la guardia imperial romana la túnica roja escarlata para darle la mitad a un mendigo semidhesnudo–, a quien la señora Erlinda, todos los 11 de noviembre, le hacía un altar en la terraza de su casa del barrio Los Fundadores, de Valledupar. Tampoco se parecía al santo Eccehomo que rabiaba de calor en la procesión de Semana Santa y por el que los devotos se daban empellones peleándose por una gota de su “sudor” milagroso. Lo extraño estaba en lo cercano: san Gregorio Hernández no remitía a pasados demasiado remotos donde los santos se vestían de formas impensables para nuestros tiempos, sino que se parecía a esos retratos tradicionales del abuelo –incluso de nuestro padre– con su sombrero, saco y corbata perfectamente dibujados, que se colgaban en las humildes salas de la barriada.
En realidad tampoco era santo, pero anda a discutirlo en el barrio. El médico José Gregorio Hernández, nacido en Isnotú (estado de Trujillo, Venezuela) el 26 de octubre de 1864, hacía milagros. La devoción popular habla de enfermos encerrados en cuartos completamente solos que aparecían curados por la gracia de san Gregorio –algunos de esos relatos hasta mencionan sábanas manchadas de sangre, como prueba indiscutible de la santa cirugía–. El pasado lunes, día de su cumpleaños, se exhumaron sus restos –que reposan desde 1975 en el Santuario Nuestra Señora de la Candelaria de Caracas– como un paso dentro del proceso de beatificación que adelanta el Vaticano.
Cuando la gente vive tiempos difíciles se aferra a lo que puede. Y eso lo sabe todo aquel cuyo asunto es la administración de la fe. En tiempos de pandemia la beatificación de José Gregorio Hernández –que para muchos es un santo milagroso por encima de la denominación oficial de la iglesia– juega como esperanza social y política. No es gratuito que el cardenal de Venezuela dijera en su declaración que José Gregorio Hernández era una figura mucho más importante para la unidad nacional que el mismo Simón Bolívar. El mensaje fue claro. Restarle fuerza al santo secular al que Hugo Chávez encomendó la nación. Pero el procedimiento es similar: ambos juegan con una especie de manejo casi erótico de los cuerpos incorruptibles de la nación y de la Iglesia. Recordemos que Chávez exhumó a Bolívar para estar seguro de que no había sido envenenado con arsénico por la oligarquía santafereña y de paso aprovechó para armarle un retrato que resultó prácticamente igual a todos los que aparecían en los libros de ciencias sociales en los que aprendimos historia patria. Yo en cambio tenía la ilusión de que se comprobara la hipótesis de mi padre: que cuando Venezuela reclamó los restos de Bolívar en 1842, le habían entregado los de un “cachaco”.
Fuera de paternos atrevimientos provincianos, lo que el cardenal quizá no midió con sus palabras es que con su comparación lo que hacía era poner a Bolívar en la misma dimensión de alguien que hace fila para ser considerado santo de manera oficial. En la condición de “esqueleto glorioso” del que se “sentía su llamarada”, como dijo el mismo Chávez. En tiempos de pandemia y crisis política, Venezuela se encomienda a los santos ante una oposición payasa y mediocre, tanta como los políticos que desde afuera la aúpan.