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La semana pasada un joven que se mueve en las redes sociales y canales de difusión virtuales entró al Claustro de San Agustín, de la Universidad de Cartagena, en el centro histórico de la ciudad, y grabó a unos estudiantes que realizaban un acto cultural de apoyo al candidato Iván Cepeda. Lo hizo antes de dirigirse a la Plaza de la Aduana como asistente a la concentración de respaldo a la candidatura de Abelardo de la Espriella. Pero no solo los grabó: mientras lo hacía, pronunciaba un discurso en el que se refirió a los estudiantes como un frente guerrillero y a la universidad como un laboratorio de guerrillas: “Me metí a la Universidad de Cartagena a decirles la verdad en la cara. Ahí están gestándose las milicias guerrilleras urbanas de la ciudad”, dijo mientras salía de la institución y tomaba la calle rumbo al acto donde se presentaría Abelardo de la Espriella.
Hace un par de semanas El Universal, periódico de esta misma ciudad, tituló: “Timochenko oficializa su apoyo a Iván Cepeda de cara a la segunda vuelta”. No dijeron Rodrigo Londoño —el ciudadano presidente del partido político que se formó después del Acuerdo de Paz firmado entre el gobierno y las FARC—: lo llamaron por su nombre de guerra, y no hay que ser especialista en análisis del discurso ni haber leído la obra de Teun van Dijk para saber que existe con este titular una clara intención de asociar la candidatura de Iván Cepeda con la guerrilla. Por supuesto, el titular se difundió masivamente por las redes sociales como una ratificación de esta relación infundada. Yo dudo mucho que, si Rodrigo Tovar Pupo apoyara públicamente a Abelardo de la Espriella, el periódico se atrevería a titular “Jorge 40 oficializa su apoyo a De la Espriella”. Es más, dudo mucho que el periódico le hiciera eco a una noticia como esa.
También ha sido opción en esta campaña electoral inventarse pretextos fundamentadas en premisas falsas. Se ha vuelto moneda corriente citar la cifra de los 18.677 niños, niñas y adolescentes reclutados por la FARC —según las investigaciones de la JEP—, como un argumento para no votar por Iván Cepeda, como si este candidato hubiera sido miembro de la guerrilla y tuviera alguna responsabilidad de este terrible hecho. Hay algunos que van más lejos y anteponen esa cifra a la de los falsos positivos como justificación del asesinato de inocentes para hacerlos pasar por combatientes de la guerrilla.
Estamos en tiempos políticos en los que difícilmente convencemos a alguien con argumentos, por muy sólidos que estos sean. Hemos llegado a un punto que parece no tener retorno. Mucha gente escucha o lee sobre acciones cuestionables y comprobables sobre el candidato de su preferencia y no tiene el más mínimo problema en seguir apoyándolo, como si esas acciones fueran lo más natural. Esa es la lógica desde la que funciona el concepto de familia en la mafia como estructura de cohesión y poder: códigos que reafirman una lealtad a toda prueba, capaz de justificar o perfumar la barbaridad.
Eso asusta. Pero también asusta y decepciona que haya gente con el conocimiento y la decencia suficiente para darse cuenta de las diferencias sustanciales, de fondo, entre una propuesta política y otra, y decidan quedarse en la forma, acudiendo al argumento de que no apoyarán a ninguno de los dos candidatos porque representan la misma cosa en tanto que ambos son radicales en sus apuestas. En estos momentos, dado el peligro que encarna una figura como la de Abelardo de la Espriella, esa posición es un acto de irresponsabilidad con la nación.
