La única vez que vi a Willie Colón en vivo fue la noche del 10 de junio de 2008, en el puerto de Veracruz, en un festival de música. Ya había perdido la pinta de maloso, verija seca del Bronx; estaba pasado de peso, y parecía más bien un padrino otoñal administrando el respeto amasado con los años como garantía de su buen retiro. Se ahogaba tocando el trombón, en ocasiones se sentaba en una silla, y hacía unas largas pausas que eran cubiertas por una banda impecable. Todavía conservaba la mirada de ojos gachos, pero ya no era la del chico seductor de arrabal sino la del tío que te invoca a que le cedas el asiento en el metro.
Cuando los conejos malos ni siquiera eran una posibilidad de coito ya Willie Colón era malo. A los catorce años hizo parte de un grupo de jazz, y con diecisiete formó su banda con Héctor Lavoe como cantante. Su nueva propuesta de sonido estaba a tono con una apuesta estética que jugaba con los estereotipos a los que estaba sometidos los inmigrantes puertorriqueños que llegaba a los Estados Unidos pesados de equipaje porque embarcaban todo un arsenal de costumbres en la guagua área. Mi amigo Ángel Quintero Rivera, en Salsa, sabor y control. Sociología de la música popular —un libro riguroso y sesudo—, ya lo dijo sin perder detalle. Los títulos y las fotografías de las carátulas de sus discos jugaban con la condición de malevo de barrio. Uno de ellos, con Héctor Lavoe, se titulaba Cosa nuestra, y no deja duda la explícita referencia a la Cosa Nostra de la mafia italiana e italoamericana, una fotografía en la que aparece con su trombón en el estuche que semeja un arma, al lado de un cadáver forrado en un cubrelecho con una roca amarrada a punto de ser arrojado al lecho del río Hudson en Nueva York.
Otro, de 1970, titulado La gran fuga, lo muestra en el típico aviso de los más buscado por el FBI parodiando un prontuario delictivo que es un manifiesto musical: “Armado con trombón y considerado peligroso, Willie Colón fue visto por última vez en la ciudad de Nueva York. Podría estar acompañado de Héctor Lavoe, cantante de ocupación, también muy peligroso con su voz […] Se les conoce como asesinos a la menor provocación con su ritmo excitante, sin previa notificación. Atentos: Ellos son altamente peligrosos en la multitud y son capaces de iniciar disturbios, la gente empieza inmediatamente a bailar”.
Pero más allá de esto, Willie Colón, junto a Héctor Lavoe y luego junto a Rubén Blades, interpretaron los himnos emblemáticos de la caribanía y la latinoamericanidad apenas descubierta por algunos que la creen producto de Trump, alguien al que también consideran inédito. Y en esa suerte de banda sonora de la dignidad, la resistencia y el goce, contribuyó sustancialmente Tite Curet Alonso, un cartero puertorriqueño que compuso más de 1.500 veces. “La vida te da sorpresas”, el intérprete de las canciones más representativas con la que se definió gran parte de la cosa latina y caribeña, en los últimos años tuvo una posición política bastante controvertible y contraria a la dignidad que pregonaban esas canciones. Tal vez solo tengo que decir que Willie Colón dejó mucha música, buena música para guapear y cantar —no berrear— en la esquina, y ahogar la melodía destemplada del discurso político de los últimos años de su vida.
Posdata. Buen viaje, querida Liliana Angulo Cortés. Quizá el otro lado merece más tu curaduría.