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A los 12 años, tras comprender que todas las religiones son invenciones humanas, me permití corregir el Génesis. Donde el capítulo primero dice: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”, reescribí: “Y el Hombre creó a dios a su imagen y semejanza, a imagen del Hombre lo creó; soberbio e irascible lo creó”.
Por ese entonces leí El tercer ojo, un libro donde el monje tibetano Lobsang Rampa narra su infancia en el monasterio budista de Chakpori. Allí cuenta que cuando él, quien había sido educado en la no violencia y el respeto a toda forma de vida, vio por primera vez que los cristianos rendían culto a un hombre torturado clavado a una cruz, un símbolo que era venerado por millones de personas, se horrorizó más allá de toda medida.
Luego resultó que el presunto Lobsang Rampa era en realidad un tal Ciryl Henry Hoskin, nacido en un suburbio de Plymouth, quien jamás había salido de Inglaterra y no hablaba una palabra de tibetano. No obstante, antes de conocer el Siddhartha de Hermann Hesse, los libros de Rampa me acercaron a la doctrina budista y me llevaron a sospechar si el ejercicio persistente de la violencia en nuestra historia no tendrá algo que ver con esa exaltación de la crueldad latente en la imagen del Cristo sacrificado.
¿Por qué la Iglesia entronizó la visión del Cristo agonizante en la cruz por encima de estampas como la de Jesús multiplicando los panes y los peces, o la de Jesús caminando sobre las aguas que Antonio Machado reivindicó en el poema “La saeta”: “¡No puedo cantar ni quiero/ a ese Jesús del madero,/ sino al que anduvo en el mar!”?
El cristianismo, que en sus orígenes sufrió la persecución, la tortura y el martirio, una vez instituido en poder terrenal mató, torturó y persiguió. A diferencia del budismo, que considera la cólera como una mácula del espíritu, la ira santa cristiana ha promovido guerras, masacres, destierros, despojo y desplazamiento.
Qué distinta sería nuestra tormentosa psique si en vez de crecer contemplando el sangriento Vía Crucis de Jesús, creciéramos como lo hizo Lobsang Rampa, venerando apacibles semblantes del Buda y recitando plegarias para disculparnos con las hormigas que pudiéramos pisar involuntariamente. En Lágrimas y santos, Cioran despotrica a fondo del culto cristiano al dolor: “La corona de espinas de Cristo, imitada por los santos, causa más sufrimiento en el mundo que no sé cuántas enfermedades incurables. Jesús es responsable de tanto sufrimiento. No conozco pecado mayor que el de Jesús”.
El budismo no niega el sufrimiento, lo asume como parte esencial de la existencia. Tampoco ignora la realidad inevitable de la vejez, la enfermedad y la muerte. Pero, en vez de condenarnos a sufrir y hacer sufrir en este valle de lágrimas, traza una vía diaria para trascender el ciclo del sufrimiento, el santo camino óctuple: recta visión, recto pensamiento, recta palabra, recta acción, recta forma de vida, recto esfuerzo, recta atención consciente y recta concentración.
Una sala de urgencias es un escenario apropiado para plantearse este tipo de cuestiones. El domingo antepasado, mientras a mi lado Ale se retorcía de dolor a causa de lo que después supimos era una peritonitis, al verme invocando al cielo recordé de nuevo a Cioran cuando exalta la sabiduría de una vieja criada que solo creía en Dios cuando le dolía una muela.
También evoqué la palabra compasión, que etimológicamente significa “sufrir juntos”, y un párrafo inolvidable de Kundera: “No hay nada más pesado que la compasión. Ni siquiera el propio dolor es tan pesado como el dolor sentido con alguien, por alguien, para alguien, multiplicado por la imaginación, prolongado en mil ecos”.
Interminables horas después, mientras a Ale la operaban de urgencia, en la sala de espera googleé los cinco recordatorios budistas y me estremeció repasar el número cuatro: “Todo cuanto quiero y las personas a las que amo tienen la naturaleza del cambio. No hay forma de evitar tener que separarme de todo ello. No puedo retener nada. Vengo con las manos vacías y me voy con las manos vacías”.
A imagen y semejanza de José Manuel Arango, concibo un dios atento y solícito, y así como José Manuel creía acariciarlo al pasar la mano por el lomo a su perro, yo lo bendigo al manifestarse en el personal de salud que a diario salva vidas preciosas. A imagen y semejanza de Borges, tengo presente que enamorarse es crear una religión cuyo dios es falible. A imagen y semejanza de Arreola y Monterroso, soy un Adán que sueña en el paraíso, y al despertar sigo ahí. A imagen y semejanza de Florence Thomas, asumo que el amor es un delicado aprendizaje y ejercicio de la libertad, y que amar es perder el miedo dentro del más grande riesgo.
