6 Aug 2022 - 5:00 a. m.

A propósito de la palabra indio

indio: inculto, de modales rústicos.

Diccionario de la Real Academia Española.

En mi temprana adolescencia, la vanidad hizo que me diera por llevar el pelo largo. No me lo dejé crecer parejo, apenas unos flecos lacios en la nuca, suficientes para despertar la ira del padre Francisco Lenglez, rector del Emmanuel d’Alzón.

Una mañana, en el patio, tras haberme conminado varias veces, me hizo salir de la fila y me sentó en su despacho:

–¿Quieres saber cómo te llaman a tus espaldas tus compañeros? –vociferó–. ¡Te dicen indio! ¡Indio, por esa melena que tienes!

No me inmuté. Primero, porque supuse que era un invento del padre, y segundo, porque de ser cierto me parecía torpe que tratara de ofenderme con una palabra que, para mí, lejos de constituir un insulto, representaba un motivo de orgullo.

Rememoré este episodio al ver la entrevista que le hizo Yamid Amat a la lideresa arhuaca Leonor Zalabata, designada nueva embajadora ante la ONU, durante la cual el periodista adoptó un tono socarrón y condescendiente, denunciado por Piedad Bonnett en su más reciente columna, y que hizo merecedor a Yamid de los calificativos de vetusto, arrogante, racista, clasista, machista, confianzudo y atrevido por parte de los indignados lectores de la poeta.

Ante el hecho de que el diccionario de la RAE incluya “inculto” entre sus acepciones de la palabra indio, Óscar Montero de La Rosa, indígena kankuamo, sostiene: “Ser indio no es ser inculto, ser indio es sinónimo de lucha, de resistencia, de una memoria que aún se mantiene en el sentir y caminar de muchos, es un honor serlo, a pesar de ser un nombre impuesto”.

Si como sociedad queremos enfrentar estos prejuicios, transmitidos incluso desde la escuela, como lo ilustra la escena con el rector, corresponde detectarlos en nuestras prácticas lingüísticas. La Real Academia Española registra las expresiones “indio de carga”, “caer de indio”, “hacer el indio”, “subírsele a alguien el indio”, todas con connotaciones negativas. “India patirrajada, animal de monte”, le gritaba Teresa Gutiérrez a su criada en la telenovela La abuela, a finales de los setenta. “Ese tipo es mucho indio”, suele decirse para señalar a alguien indeseable. “El negro, si no la caga a la entrada, la caga a la salida” o “Disculpe la redundancia, negro hijueputa” son frases grotescas que perduran en memes. Mientras por una parte estigmatiza lo indígena y lo afro, el lenguaje no denigra del blanco ni del criollo. No se oye decir: blanco patirrajado, ni se dice: “Ese tipo es mucho blanco” o “Disculpe la redundancia, blanco hijueputa”.

A través de nuestra historia, esta violencia ha sido física, material y simbólica. Resistir no es aguantar: violencias y daños contra los pueblos étnicos de Colombia, el informe entregado el pasado 2 de agosto por la Comisión de la Verdad, señala que el racismo estructural vivido por las comunidades indígenas y negras comenzó con la invasión, la colonización española y la trata esclavista, y subsiste mediante procesos de discriminación, exclusión, ocupación y sometimiento (homicidios, masacres, torturas, desapariciones forzadas, reclutamiento de menores y desplazamientos).

La Brevísima relación de la destruición de Las Indias, de fray Bartolomé de Las Casas, de 1552, los reportajes de Germán Castro Caycedo sobre la barbarie de la Casa Arana en el Caquetá y la masacre en el hato La Rubiera en 1967, y ahora, en pleno siglo XXI, los 11.056 testimonios de Resistir no es aguantar muestran la atroz persistencia de esta realidad.

Que durante su reciente visita a Canadá el papa Francisco haya pedido perdón “por el mal cometido por tantos cristianos contra los pueblos indígenas”, así como que la arhuaca Leonor Zalabata, la embera Patricia Tobón Yagarí y el nasa Giovani Yule vayan a asumir importantes cargos en el gobierno Petro son reivindicaciones que apuntan hacia un resarcimiento y un necesario cambio de mentalidad.

La ignorancia es atrevida. Una atrevida incapacidad de valorar al otro. Que lo diga el almirante Colón, quien, en 1492, creyendo haber llegado a la India, llamó indios a los aborígenes caribeños. Desde ahí viene el enredo, el ovillo a deshacer si hemos de reconocernos como una nación pluriétnica y diversa, respetuosa y orgullosa de sus raíces, hasta que la dignidad se haga costumbre.

John Galán Casanova

Por John Galán Casanova

Poeta y ensayista bogotano. Premio nacional de poesía joven Colcultura, 1993. Premio internacional de poesía "Villa de Cox", 2009.
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