En 1980, cuatro años antes del final de la dictadura militar en Brasil, Affonso Romano de Sant’Anna publicó ¿Qué país es este?, un poemario donde cuestionó el carácter y los valores que presuntamente conformaban la identidad brasilera: “Una cosa es un país,/ otra, un fingimiento./ Una cosa es un país,/ otra, un regimiento./ Una cosa es un país,/ otra, el confinamiento./ Una cosa es un país,/ otra, un monumento./ Una cosa es un país,/ otra, el envilecimiento”.
En el extenso poema que da título al libro, desmitificó las nociones de patria, pueblo e historia nacional: “Desde hace 500 años cazamos indios y obreros,/ desde hace 500 años quemamos árboles y herejes,/ desde hace 500 años violentamos libros y mujeres,/ desde hace 500 años extorsionamos negras y alquileres. (…) Desde hace 500 años la policía nos dispersa/ y el fútbol nos congrega,/ cantamos Salve Reina/ y sálvese quien pueda”.
En Política y pasión, publicado en 1984, continuó su crítica a un nacionalismo que consideraba demagógico y obtuso. Allí incluyó “Sobre la actual vergüenza de ser brasilero”, una diatriba dirigida al general João Figueiredo, último presidente de la dictadura: “Qué vergüenza, Dios mío, ser brasilero/ y estar crucificado en un cruzeiro/ erguido en un monte de corrupción. (…) ¿Qué somos al final?/ ¿Un país folclórico? ¿tropical?/ ¿mezclando muerte y carnaval? (…) ¡Espejo, espejo mío!/ ¿Hay un país más perdido que el mío?/ ¡Espejo, espejo mío!/ ¿Hay un gobierno más indolente que el mío?/ ¡Espejo, espejo mío!/ ¿Hay un pueblo más pasivo que el mío?”.
De haber presenciado la épica remontada electoral del 25 de octubre, Romano de Sant’Anna, fallecido el año pasado, sin duda habría exaltado el actual orgullo de ser brasilero. Ni pasivas, ni indolentes, ni perdidas, 64.256.232 personas votaron por Lula da Silva en defensa de la democracia, la libertad, la diversidad, la justicia social, la Amazonía y la soberanía.
En “Las utopías”, Romano, quien como poeta se consideraba un periodista e historiador del alma, afirma que las utopías son armas de doble filo: un día dan flores, y otro día son estiércol. Un día son esperanza, y después son desechos. Un día movilizan, y a largo plazo paralizan. Cuando lo entrevisté en 2006, hacia el final del primer gobierno de Lula, me señaló que, aunque para entonces la centroizquierda cumplía 12 años en el poder, el país no había mejorado tanto como los socialistas y los izquierdistas hubieran querido, y añadió: “La lección que veo en esto es que el poder no puede. Se engaña quien piensa que llegando al poder reinventará el mundo. El poder hace lo que puede, tiene límites. Los brasileros vivimos la inviabilidad de una utopía”.
Pese a su escepticismo, en el poema “El descendiente de la utopía” reivindicó la validez de la misma: “Utopía ―luminosa rebelión―/ antaño te creí fuga,/ alienación./ De repente descubro/ tu poder de combustión”. Ese luminoso poder de combustión fue el que la mayoría del pueblo brasilero encarnó el 25 de octubre, derrotando el autoritarismo, el negacionismo y la manipulación religiosa y algorítmica, generando un oportuno contrapeso a la oleada ultraderechista en Latinoamérica.
Así las cosas, mientras en la patria de Lula se vive el orgullo de ser brasilero, en la de Abelardo sufrimos la vergüenza de sus desafueros.
CODA
Sin autorización del Senado, 300 soldados estadounidenses empezaron a llegar a Colombia. Para el De la Espriella style la consigna no es ¡Yankees go home! sino ¡Yankees come home! ¡Viva Christ the King! ¡Viva Don King! ¡Viva Burger King! ¡Firmes por la patria trumpista!