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El tamaño del daño

John Galán Casanova

16 de mayo de 2026 - 12:06 a. m.

En el laberinto de pantallas contemporáneo, entre millones de celulares, tablets, plataformas digitales y computadoras, la televisión es un dinosaurio que ha sabido mantenerse y habrá de subsistir mientras exista la industria del entretenimiento, esa fábrica infinita de noticias, política, crímenes, deportes, farándula, publicidad, cine, música y telenovelas.

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Los noticieros comprimen y proyectan ese universo, son la base de la cultura televisiva, el eje de la información, la ración diaria de realidad local y global que consumimos. Con su dicción irreprochable, simpatía remunerada y melodiosa voz, las presentadoras y presentadores nos son más familiares que la vecina o el tendero.

Por eso impactó tanto y cayó tan mal la bomba de que dos de los periodistas y presentadores más reconocidos de la televisión nacional hubieran resultado ser un par de sátiros, impecables profesionales de la comunicación de la cintura para arriba y deleznables acosadores sexuales del ombligo para abajo. Abusando del prestigio que les daba su enorme popularidad, depredaron a su antojo durante años a las jóvenes periodistas que llegaban a sus dominios.

En una entrevista incluida en el libro Iván Cepeda, una vida contra el olvido, desde su vasta experiencia como activista y defensora de los derechos de las mujeres, Pilar Rueda, la esposa del candidato, afirma: “la violencia sexual es, en el fondo, un ejercicio de privilegio masculino (…) nadie alcanza a comprender del todo la dimensión del daño que produce ese tipo de violencia”.

El movimiento “Yo te creo colega”, creado por cinco mujeres periodistas luego de que Caracol Televisión anunciara la investigación sobre casos de acoso sexual que llevó a la salida de Jorge Alfredo Vargas y Ricardo Orrego, publicó recientemente un informe a partir de más de 260 correos que recibieron con denuncias de situaciones similares en distintos medios televisivos, impresos, emisoras y plataformas digitales desde finales de los años noventa hasta la actualidad.

Su principal conclusión es que lo destapado en Caracol no constituye un hecho aislado, sino que hace parte de un fenómeno generalizado de acoso sexual y laboral en los medios de comunicación, una problemática estructural normalizada y consentida por equipos y directivos, y silenciada ante la carencia de protocolos eficaces de denuncia y sanción.

Los testimonios de tres expresentadoras del canal son elocuentes al respecto: “Pasaron los años y llegó el trabajo de mis sueños. Era el trabajo que había imaginado por mucho tiempo. Pero los pasillos de los medios de comunicación también tienen sus propias reglas no escritas, sus propios depredadores con credencial colgada al cuello” (Catalina Botero); “Durante años, muchas supimos lo que pasaba, lo comentábamos como un secreto a voces, sabíamos, pero el miedo y el silencio hacían el resto, mientras el sistema seguía intacto” (Juanita Gómez); “No escribo esto para revivir algo que ya aprendí a cargar. Lo escribo porque cuando los testimonios empiezan a parecerse, dejan de ser coincidencias, es sistemático” (Lina Tobón).

Si bien la labor de “Yo te creo colega” resulta loable, no lo son tanto las respuestas institucionales ante la gravedad de lo revelado, que, como muestra el informe, han sido, cuando no inexistentes, insuficientes, cómplices y revictimizantes. Según Liria Manrique, experta en violencias de genero consultada por la revista Raya, el manejo dado a las denuncias sobre Vargas y Orrego viola la jurisprudencia que prohíbe a las empresas ser catalizadoras de la violencia por omisión: “Caracol operó bajo un vacío estructural al no contar con protocolos específicos de género. Desvió denuncias de extrema gravedad hacia el Comité de Convivencia o la Gerencia de Recursos Humanos, que carecen de competencia legal para estos casos. Ante la presunción, el deber legal era compulsar copias a la Unidad Especial de Género de la Fiscalía para que investigara. Al no hacerlo, se vulneró la Sentencia T-104 de 2025, que prohíbe a los patronos permitir que estos casos queden en la impunidad”.

Y si en los medios privados llueve, en los públicos, por lo que se sabe de los pleitos del director de RTVC, tampoco escampa. Lo cual me lleva de vuelta a la entrevista de Laura Bonilla a Pilar Rueda, la antropóloga que de llegar a ganar Cepeda estoy seguro no será una figura de comparsa o de beneficencia: “Yo no me veo como una primera dama seducida por privilegios. Me siento más bien agobiada por la responsabilidad. Un gobierno serio, cualquiera que se llame del cambio, tiene que tomarse en serio la violencia contra las mujeres. (…) El tamaño del daño no es solo el recuerdo; es el cuerpo, es la vida mental, es la libertad misma. Es un daño que no desaparece. Genera dolores que pueden aparecer décadas después o que acompañan a la persona toda la vida”.

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De ese tamaño es el tamaño del daño. Y de ese tamaño la impunidad, puesto que, como lo denuncia “Yo te creo colega”, todo el mundo sabía, y nadie hizo nada para impedirlo.

Por John Galán Casanova

Poeta y ensayista bogotano. Premio nacional de poesía joven Colcultura, 1993. Premio internacional de poesía "Villa de Cox", 2009.
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