En la era de la posverdad no hace falta la consistencia. Puedes ser un extremo incoherente y llegar a gobernar un país. Hablar de los nunca, nombrando a los de siempre. Ponerte firme a diestra y siniestra sin haber servido en la milicia. Prometer no crear un partido y ya electo proceder a fundarlo. Ignorar el genocidio enviando al futuro canciller a estrechar la mano ensangrentada del Estado israelí. Combatir la corrupción rodeado de corruptos y posar de independiente apalancado en conservadores de rancia estirpe, fanáticos religiosos y clanes como la cuestionada casa Char de Barranquilla.
También puede ocurrir que, si te ofrecen el ministerio del Interior, hagas gala de inconsistencia sumándote a un gobierno reaccionario luego de haber promovido en 2020 el LSD, un liderazgo social demócrata para impedir, según dijiste, “que la población termine cediendo a los cantos de sirenas de quienes proponen cambios absolutos”.
A diferencia de lo que pasa en la política, en el fútbol no se premia, sino que sale cara la inconsistencia. Antes del juego contra Ghana, El Tiempo tituló: “La prueba reina: talento sin carácter no será suficiente”. Días después Suiza nos eliminó. Si un equipo pretende llegar a cuartos y disputar una final, no puede darse el lujo de errar el 40 % de los penaltis. El talento sin carácter no fue suficiente.
Tan contraproducente como la inconsistencia, y aún peor, es la renuencia a reconocerla. Esperamos, y seguiremos esperando, un ejercicio autocrítico por parte de la campaña electoral de Iván Cepeda. No basta que Cepeda haya acudido al cliché de asumir toda la responsabilidad de la derrota. Ni que cada vez que se le hagan cuestionamientos de fondo incurra en la muletilla “eso podemos discutirlo”.
¿Podremos discutir cómo ignoraron lo que se venía pierna arriba con el marketing digital de ADLE, calcado de las ultraderechas triunfantes en Chile, Argentina, Brasil y El Salvador? ¿Resultaron demasiado inteligentes para enfrentar una campaña idiotizante? ¿Se analizará alguna vez si fue apropiado nombrar a Aida Quilcué como fórmula vicepresidencial? Y si consideraron que era un acierto, ¿por qué, en lugar de marginarla de las entrevistas, no propiciaron que el país lograra familiarizarse con ella?
Alguien que ha sentado posturas al respecto es la influencer Laura Beltrán, elegida representante a la Cámara, quien sostiene que sus advertencias no fueron atendidas, que se reaccionó tarde, y que los hombres del Pacto harán un curso para deconstruir su machismo interiorizado. Pero incluso Lalis, interrogada por las torpezas de Petro durante la campaña, reculó tildando de traición cualquier cuestionamiento al mandatario.
En pleno auge de la inconsistencia, ¿será que la beata Viviane Morales, futura ministra de Educación, peca de inconsistente al plantear que “hay que sacar a Marx de la educación”? ¿Se habrá referido a Karl o a Groucho? Porque si se refirió a Groucho sería absurdo sacar de la educación al autor de una frase que podría ser instaurada como consigna suprema de la posverdad: “Estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros”.
De la Espriella tiene razón al considerar que somos una manada, pero de inconsistentes. Nos cuesta organizarnos, aceptarnos, honrar nuestra palabra, ser responsables y alcanzar nuestros objetivos. Si fracasamos, el resto del mundo es responsable y los tiempos de Dios son perfectos. Tras de cotudos, con paperas. Lo peor de todo es que nos ofendemos cuando alguien osa señalar el tamaño de nuestra inconsistencia.