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Se llamaba Gustavo Adolfo Garcés Escobar, pero dada su proverbial tendencia a la brevedad le decíamos sencillamente Gus.
En 1992, con Breves días obtuvo el premio de poesía de Colcultura. Allí declaró que intentaba un verso de espíritu leve, bello como un insecto, y le dijo al país cosas como: “Este es un país de rumores confusos/ todos impugnan y refutan/ todos tienen pruebas y argumentos/ ay país país país”. Antes, en su primer libro había señalado: “La antena que trae/ las noticias de la guerra/ está llena de pájaros”.
Escritor incansable, solía referir una anécdota en la que Oscar Wilde, interrogado sobre cómo iba con su labor, contestó que en la mañana había puesto una coma, y en la tarde la había quitado. Así era Gus, un forjador de versos metódico y paciente para quien urdir poemas era una tarea “Como la construcción/ de las catedrales/ de la Edad Media/ que duraba siglos”.
La Universidad de Antioquia, su alma mater, publicó en el 2000 Espacios en blanco, donde Gustavo, que trabajó como abogado en la Procuraduría hasta jubilarse, incluyó un demoledor “Lamento del burócrata”: “Las oficinas/ no son buenas/ para cantar. (…) pobre de mi talento/ convertido en cautela/ astucia y mañas”. Un reclamo comprensible de parte de un artista para el cual la felicidad consistía en “Hacer bien/ algo// ojalá un verso”.
Doce años después, en la colección Viernes de Poesía, de la Universidad Nacional, apareció Hasta el fin de los números, una sugestiva manera de aludir al infinito, donde, tal como lo hizo a través de toda su obra, contempla y rinde amoroso tributo a los árboles y al viento, a la lluvia y a los pájaros, a las flores y a la hierba, revelando el fulgor de la naturaleza ligado a lo íntimo de la existencia: “Juncos/ flores/ agua/ pájaros// la vida/ no parece dura// ni las piedras”.
Esta devoción por lo elemental podría indicar que estamos ante una poesía ingenua o silvestre, pero no hay tal. El poeta observa el mundo a través de un prisma conceptual, su percepción está mediada por un trasunto filosófico donde la poesía como ciencia del esplendor de lo inútil se hace evidente: “Llegas al alma/ por el esplendor/ de lo inútil// y entonces/ las palabras/ se hacen ciencia”.
En los recitales, por ser tan breves sus poemas, se permitía leerlos tres veces seguidas. Hacía bien, porque sus versos mínimos morosamente construidos no se agotan en una primera lectura, hace falta releerlos, leer entre líneas una y otra vez para sondear su honda parquedad: “Cuántas palabras/ se asientan/ en la memoria// y entonces/ digo el mundo”.
Consciente de la aparente simplicidad de sus textos, en una de sus poéticas advirtió: “No pretendas/ hacerte/ entender/ en demasía”. A la cual añadió luego otra aún más escueta: “No es lo que veo/ es lo que velo”. Al definir los poemas dijo que son “La luz/ de las/ palabras// con que/ miramos/ la luz”. Y condensó la esencia paradójica de su poesía en doce sílabas: “Leve// en el/ poema// lo que/ tanto/ pesa”.
Inesperadamente, el pasado 11 de julio, días después de regresar de un viaje a Corea del Sur, Gustavo Adolfo levitó en la Clínica Las Vegas de Medellín. Cierro este postrero recuento evocando el numeral 553 de Hasta el fin de los números: “A la provincia más lejana/ se fue mi amigo muerto// ya no tiene rostro/ pero conserva la alegría (…) tendré que aprender que su silencio/ es la última farsa”.
CODA
Al nuevo presidente cabe dedicarle un poema de Gustavo titulado “El poder”: “Qué lograrás/ con ascender/ hasta ese cielo/ que sangra”.
