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Godzilla brota de las aguas y arrasa la ciudad. Destruye todo a su paso: el puerto de Manhattan, el puente de Brooklyn, las ocho cuadras de Wall Street, los árboles centenarios del Central Park, el Museo de Historia Natural y el Madison Square Garden. Consagrado como el rey de los monstruos, esta aterradora fuerza de la naturaleza escupe fuego, pisotea automóviles, destripa transeúntes y derriba a coletazos los rascacielos.
Así de cinematográfico era el amigo Bátori (1964-2026), un bravucón que irrumpía del mismo modo en un estudio de grabación, en un concierto, en una comida, en una meditación o en un velorio, haciéndose sentir, temer, repudiar y querer. En una entrevista que le dio a Morfosis Radio hace diez años, tras constatar la persistencia de nuestros abismos sociales, la imposibilidad de legalizar las drogas y acabar con la guerra, y la idiotización masiva a través del fútbol, la farándula y la televisión, el veterano vocalista de bandas como Fondo blanco, Perro muerto y Los electrodomísticos concluyó: “Lo mejor es que estalle la tercera guerra mundial y nos muramos todos y desaparezca de la faz de la tierra hasta el último ser humano. ¡Y que vivan las cucarachas, hijueputa!”.
Esa entrevista rescata una grabación del 96 con la banda Sabotaje, en uno de cuyos cortes Bátori improvisa: “Estoy aquí encerrado en mi cuarto, cavilando que no hay nada más sino un colchón, dos cobijas y un montón de pulgas, mis vecinas. No dormí porque no tengo paz, no dormí porque no tengo nada, no quiero soñar tampoco, y cuando abro los ojos la pesadilla continúa”. Treinta años después, en un mensaje cantado que le grabó a su amigo Mauricio Guapacha, seguía improvisando: “Yo no quiero estar aquí, tengo ganas de morir hace tiempo, desde que me parieron. Cada día despierto y siento que no pertenezco a ningún lugar, que no merece el esfuerzo”.
No siempre habitó esa línea de sombra. Así como se resistía a ser tildado de metalero o rockero, pues se consideraba un hombre libre, latino y multiétnico, no hubiera querido ser encasillado como un sujeto oscuro y monotemático, carente de matices. Susana Carrié, el amor de su vida, perfiló su diversidad en la siguiente anáfora: “Bato punk, Bato metalero, Bato cumbiambero, Bato bolero, Bato salsero, Bato versado, Bato enciclopédico, Bato descuajado, Bato compañero, Bato feo, Bato encantador, Bato cansón, Bato amigo, Bato caballero, Bato dispuesto, Bato inmamable, Bato íntegro, Bato mentiroso, Bato gritón, Bato amoroso, Bato odioso, Bato vozarrón”.
En las canciones que hizo con Papaya Republik revuela todo el humor, el swing y el brillo de su ingenio. La muerte sigue rondando por ahí, pero el patetismo da paso a una fiesta donde le canta a la parca con un sonido bestial de cumbia, techno, porro y funk: “Yo, desesperao, te busqué mil veces. No te encontré. Ahora que con la vida estoy encarretao, cuando menos pienso te me apareces sin avisar. Mira que no creo que sea hora de rendirte cuentas, señora”.
Durante su funeral, mientras lucía radiante en un florido retablo diseñado por Gabriel Schwarb, entre brindis de aguardiente se hicieron comentarios de esta índole:
―Cero y van seis que vengo a esta funeraria en los últimos meses. Nos estamos yendo. Ay qué dolor. Pero este es un velorio feliz.
―Todos discutimos, reímos y lloramos con Bátori. Nos emborrachamos, nos metimos un pase y/o nos fumamos un porro y/o un pistolo con el hombre. En algún momento a todos nos tocó echarlo de la casa, y en algún momento nos tocó interceder para que alguien no lo echara de la casa.
Al día siguiente, cuando llegué al Cementerio Central, ya habían metido el cajón de Mauricio Bátori en la cripta, y ornado el frente con ramilletes de crisantemos. Sobre el cemento fresco, Fabio Romero estampó en mayúsculas la frase con la que Wally Broderick inmortalizó su muerte: “LES CUENTO QUE BÁTORI VIVIÓ”.
Instalado el amigo en el quinto piso de la cripta, un grupo propuso tomar algo en La última lágrima, a las afueras del cementerio, pero no estaba abierto. Fuimos a dar a una tienda del barrio Armenia, y allí, tras sentidos chorros a la memoria del muerto, compartí el poema que le escribí a aquel sitio: “El bar/ LA ÚLTIMA LÁGRIMA/ engaña piadosamente/ a los dolientes/ junto al cementerio.// No será/ la última lágrima.// Ni el último trago.// Ni el último luto”.
Al saber de la muerte de Bátori, me dije: ¡No puede ser! ¿Otro obituario? Me van a graduar de necrólogo l s querid s difuntxs. A todo loor, todo honor, compañero. Fiel al lema: “Si quieres vivir en el underground, tienes que morir en el underground”, te fuiste con tu música a otra parte, y nos la dejas por siempre.
