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En el camino

Tres Óscar y medio para “Sinners”

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John Galán Casanova
21 de febrero de 2026 - 05:04 a. m.
"El Óscar a mejor canción original sí que se lo daría a Sinners por I Lied to You, una soberbia pieza de blues raizal y futurista creada por un afroamericano de California y un sueco. Es más, de existir un Óscar a la mejor escena, se lo otorgaría a la interpretación de I Lied to You en el efímero Club Juke" - John Galán
"El Óscar a mejor canción original sí que se lo daría a Sinners por I Lied to You, una soberbia pieza de blues raizal y futurista creada por un afroamericano de California y un sueco. Es más, de existir un Óscar a la mejor escena, se lo otorgaría a la interpretación de I Lied to You en el efímero Club Juke" - John Galán
Foto: EFE - ANDY RAIN
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La segunda vez que vi Sinners, después de haber leído en reseñas y artículos sobre las raíces del blues, la segregación en el delta del Mississippi, el vampirismo cultural, la música tradicional irlandesa y el Black Cinema, corroboré mi primera impresión: Sinners merece el Óscar a mejor película hasta la mitad del filme.

Desde ahí, cuando irrumpen los vampiros, por más simbolismo que le queramos dar, la película se resuelve con la típica receta hollywoodense, en la que el director es experto, a punta de pistolas, escopetas, navajas, metralletas, fusiles, estacas, cuchillos, patadones, dentelladas, trompadas, rasguños y bombas molotov. Una ración extra de sangre y matazón, porque los vampiros son muertos que hay que rematar.

El Óscar a mejor canción original sí que se lo daría a Sinners por I Lied to You, una soberbia pieza de blues raizal y futurista creada por un afroamericano de California y un sueco. Es más, de existir un Óscar a la mejor escena, se lo otorgaría a la interpretación de I Lied to You en el efímero Club Juke, en la que se repite y materializa el primer parlamento de la película: “Hay leyendas sobre seres nacidos con el don de crear una música tan pura que atraviesa el velo entre la vida y la muerte. Conjuran espíritus del pasado y el futuro”.

Gracias a esos cinco imborrables minutos, Sinners ya hace parte de la historia del cine. Realmente conjuga el pasado y el futuro al conectar el blues con la música de los griots africanos, la danza zaouli, los tambores yembés, el rock, el country, el hip-hop e incluso la ópera china y el ballet. Aparte de trenzar ritmos, mientras el bluesman Sammie Moore canta y toca la confesión que le hace a su padre, el predicador ―“Dicen que la verdad duele,/ por eso te mentí./ Sí, te mentí:/ amo el blues” ―, el director Ryan Coogler crea un caleidoscopio fílmico pleno de música, historia, lírica, fotografía, danza, vestuario, maquillaje y efectos especiales.

Después de tan alucinante secuencia llegan los vampiros y la película se torna chata y predecible. En la atávica disputa entre la luz y la oscuridad, los vampiros pierden por un pelo, fulminados por el sol. Solo sobreviven el músico y una pareja de vampiros. Pero entonces, se podría uno preguntar, ¿cómo es que esta película malograda obtuvo 16 nominaciones al Óscar, superando las 14 de Titanic y La La Land?

En la red encontré cuestionamientos como este del portal TrueFilm: “¿Se está sobrevalorando Sinners porque es realmente brillante, o porque el listón de las películas de estudio ha bajado tanto que cualquier cosa mínimamente ambiciosa se canoniza? Estoy dividido entre celebrar su existencia y sentir que le estamos perdonando demasiado”.

El blog Micropsia fue más allá en su incomodidad: “Sinners es excesiva en más de un sentido: demasiado larga, demasiados temas, demasiados personajes y posee hasta un sinnúmero de símbolos y metáforas que recarga a todo de sentido sobre sentido, yendo de la música al vudú, de la mitología vampírica a la violencia racial y de la religión al pecado (o al sexo), incluyendo coqueteos con el realismo mágico”.

En una entrevista, Ryan Coogler declaró que quiso hacer una película que “atacara con furia” el concepto de género cinematográfico o musical, e hiciera que el público la cuestionara constantemente, incluso mientras la veía. Supongo que se salió con la suya, y que hago parte de quienes creen que selló el experimento por la vía más trillada, con esa manía hollywoodense de acabar hasta con el nido de la perra.

Puede ser que Sinners reciba muchos premios Óscar. Es una película primorosa, tachonada de acordes, encuadres y detalles preciosos. La banda sonora también merecería una estatuilla, al igual que la dirección de fotografía. El elenco actoral también cosechará lo suyo. Pero dudo que obtenga los premios a mejor película y mejor dirección.

En la presente encrucijada, Hollywood y el gremio del espectáculo han querido tomar distancia de la agenda autoritaria y anti-derechos de Donald Trump. Si en esta oportunidad, aparte del mérito artístico, la Academia decide premiar lo políticamente correcto, la balanza debería inclinarse por Una batalla tras otra, la película de Paul Thomas Anderson que muestra las formas de resistencia que generan las comunidades ante un estado de represión, segregación y persecución como el que ha desatado el segundo cuatrienio trumpista.

Es cierto que Una batalla tras otra también reproduce el típico formato de acción, pero a su favor diría que, al atreverse a exponer la pavorosa actualidad estadounidense, plasma la violencia de un modo menos gratuito.

John Galán Casanova

Por John Galán Casanova

Poeta y ensayista bogotano. Premio nacional de poesía joven Colcultura, 1993. Premio internacional de poesía "Villa de Cox", 2009.
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