Qué alegría volver al trabajo. Qué bueno descansar de las vacaciones. Qué suerte remontar la montaña rusa de la alta temporada sin morir en el intento. Qué maravilla bajarle al trasnocho, recuperar el sueño, normalizar la digestión, desoxidarse y parar de atiborrarse de viandas y alcohol. Qué justo que el planeta se reponga un tris de la infernal huella de carbono alada y sobre ruedas de la temporada decembrina.
Para un escritor entregado enfermizamente a su labor, las vacaciones no entrañan reposo sino trabajo extra. Su atención se bifurca, se duplica, superpone el universo del libro que está gestando con el mundo nuevo de rostros, historias y horizontes que el turismo brinda noche y día. Un viaje no hará más que agregar asombros, preguntas, pesquisas, lecturas, proyectos, parajes, afectos y remembranzas a su atareado corazón febril.
Tras preguntarme si pienso escribir sobre República Dominicana en la columna, ante mi silencio obstinado, mientras contemplamos la puesta de sol en el malecón de Santo Domingo, el poeta Frank Báez sentencia:
―A ti te cuesta escribir sobre la felicidad.
Le respondo en verso: “La felicidad es grande como una piscina./ Más de tres horas absorbe, fatiga”. Y recuerdo algo que la irlandesa Edna O’Brien le dijo en una entrevista a su colega, el novelista Philip Roth:
―Usted, igual que yo, trata de sacar algo de la nada, y la ansiedad es extrema. Cuando Flaubert dice que en su cuarto de trabajo resuenan ecos de maldiciones y gritos de angustia, podría estar hablando del cuarto de trabajo de cualquier otro escritor.
Días después, en la playa de Dominicus, levitando en un mar calmo que nos roza el pecho, evocando a Derek Walcott en medio de esa atmósfera paradisiaca, Frank afirma:
―El paisaje crea belleza, es una incansable fábrica de belleza.
Me invita a contemplar la inmensidad flotando boca arriba como un corcho, con esa sensación de eternidad y ese sentimiento oceánico sin límites ni barreras que Freud refiere como fuente de la energía religiosa. Las nubes son la tiza de este horizonte costero, y el cielo, un pizarrón donde el viento no se decide a pintarlas definitivamente.
Lejos de flotar como un corcho, pataleo como un renacuajo para no hundirme como una piedra. Ante la visión magnífica del abismo celeste, me pregunto si será cierto eso de que me cuesta escribir sobre la felicidad. ¿Será por mi alma montaraz? ¿Por mi cabeza de plomo llena de humo? ¿Será porque, mientras Frank creció en el mar Caribe, yo crecí en un mar de tejas y rejas? ¿O porque, como en el poema de Michaux, he nacido agujereado y lo que necesito es una gran ciudad, un gran consumo de envidia? ¿O porque, como en el poema de Nerval, Dios falta en el altar donde yo soy la víctima?
Rubem Fonseca escribió un cuento titulado “Viajar es conocer idiotas que hablan otras lenguas”. Tiene razón, y habría que distinguir entre aquell@s cuya lengua entendemos y aquell@s cuya lengua no entendemos. Tiene razón Fonseca, pero cabe añadir que viajar es también conocer idiotas a quienes, pese a hablar la misma lengua, no entendemos:
―Vamoa vel la puesta del sol.
―¿La puerta del sol?
―Mi hermana hace cine.
―¿Tu hermana asesina?
―Nos vemos a las docimedia.
―¿A las dos y media?
―¿Tienen un dron?
―¿Un ron?
Al final de aquel día, contemplando la puerta del sol, Giselle, la esposa de Frank, nos convidó la palabra marmoris, del griego μάρμαρον, que alude a la miríada de espejos que reflejan el sol en la superficie marina. Recordamos la palabra petricor, del griego πέτρα e ἰχώρ, que refiere el olor que libera la tierra seca tras una lluvia ligera. Y la palabra samar, del árabe يقظة طويلة, que designa una vigilia prolongada después de la puesta del sol, en el encanto del cuento, en una danza ininterrumpida de palabras. Viajar es conocer seres que cultivan otras lenguas.
El tres de enero, el mismo día en que Trump extrajo a Súper Bigote de Venezuela tras una operación quirúrgica que dejó un centenar de muertes e intacto el resto de la cúpula chavista, antes de abordar el vuelo que nos llevaría a la isla por primera vez, le comenté a Ale que mi gran expectativa de ese periplo era compartir con Frank.
Celebro haber podido visitar su casa, cuya piscina es el mar. Celebro que con Giselle nos haya abierto las puertas del sol en Bayahibe, Isla Saona y San Pedro de Macorís. Celebro los paseos por Santo Domingo en su carro, que se llama Acento, y las caminatas por la zona colonial y el barrio chino. Celebro que el viaje me permitió saludar a mi tía Alba y su familia. Y agradezco que Ale haya podido arrancarme del escritorio y extraditarme unos días a República Dominicana para hacer de la amistad una forma de escribir sobre la felicidad.
CODA
Lamento, en cambio, despedir a Mauricio Bátori (1964-2026), alma y voz de Papaya Republik, que partió con su música a otra parte y nos la dejó para siempre.