Publicidad
5 Aug 2022 - 5:30 a. m.

Cuatro años a bordo de sí mismo

Dijo el presidente a María Isabel Rueda en una entrevista en el mes de junio: “Desde el primer momento del gobierno, traté de interpretar primero el país que recibí. Un país fracturado por el plebiscito, cuyo resultado electoral no fue respetado, generando unas grietas muy grandes”. Ahí empieza el problema. Duque nunca interpretó de manera adecuada el país que debía gobernar, uno que acababa de firmar un Acuerdo de Paz que constituía una ventana de oportunidad para un gobierno reformista que consolidara la institucionalidad necesaria y permitiera pasar la página de la guerra.

Es de recordar que el entonces presidente del Senado, Ernesto Macías, pintó el país como una especie de apocalipsis —era el rencor al gobierno de Santos lo que allí se expresaba—, lo cual prefiguró el escenario en el que Duque gobernaría, no porque correspondiera a la verdad —aunque al final sí— sino porque le abrió el camino para conectarse con esa visión de un país dividido e irreconciliable. Tanto en su discurso como en sus acciones, Duque profundizó esa división, no ejerció como jefe de Estado de todos los colombianos sino como el intérprete desaplicado de la doctrina de su partido, el cual a la postre también terminó dándole la espalda.

El estallido social fue la escena trágica de esa desconexión con el país, y la pandemia, que era la oportunidad que tenía para iniciar un camino de unión, tampoco fue el escenario para inspirar una salida común a la crisis. Su lánguido liderazgo de alguna manera explica también la elección de Gustavo Petro, pues agudizó la necesidad de cambiar el que sería el último gobierno del uribismo.

Es cierto que la pandemia modificó el panorama del gobierno en cuanto a sus prioridades, que la situación interna fue de extrema tensión social —en parte estimulada por un grave error de cálculo al presentar la reforma tributaria de Carrasquilla y por la falta de liderazgo sobre la Policía para impedir los graves abusos en el desarrollo del estallido social—, pero el país salió de ambos escenarios más golpeado, más dividido, más resentido con el propio gobierno y el establecimiento, y Duque nunca lo entendió, atribuyéndolo a cálculos políticos de sus contradictores.

En Colombia —y en casi todos los países con régimen presidencial— una cosa es el gobierno y otra lo que hace y lidera el presidente de la República, porque en los ministerios y demás agencias gubernamentales siempre hay una burocracia profesional que saca adelante los programas y proyectos, aun con los problemas de gobernabilidad que se puedan presentar. En medio de la turbulencia, muchas metas del Plan de Desarrollo se cumplieron.

Por eso el presidente en sus entrevistas puede mostrar algunos logros a pesar de la alta desaprobación de su mandato. Cifras importantes en inversión social derivada de las transferencias monetarias que aumentaron durante la pandemia, el Estatuto Temporal para Migrantes Venezolanos, los primeros pasos para la transición energética, normalización de las relaciones con Estados Unidos, reactivación económica pospandemia y una perspectiva de crecimiento auspiciosa, en un escenario de incertidumbre internacional.

Su peor legado fue alterar el sistema de frenos y contrapesos institucionales, al poner un fiscal incompetente —con la complacencia de la Corte Suprema de Justicia— y hacer elegir a una procuradora que han actuado como sus escuderos, generando una atmósfera de blindaje y no rendición de cuentas sobre el gobierno. La conformación de un sanedrín rabioso en el Palacio de Nariño reforzó la burbuja en la que ha vivido estos cuatro años, gobernando un país que solo estaba en su cabeza, con la autocomplacencia de quien está convencido de estar haciendo lo correcto, así la evidencia lo contradiga, un poco como el personaje de la novela de Eduardo Zalamea que da nombre a esta columna.

@cuervoji

Síguenos en Google Noticias