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Los resultados electorales del pasado 29 de octubre pueden leerse de diferentes maneras, pero una de las lecturas que debe hacerse es cómo le fue a la izquierda agrupada en el Pacto Histórico, esa coalición de partidos y movimientos que llevó a Gustavo Petro a la presidencia de la república.
Muchos pensaban que estas elecciones eran una especie de plebiscito en contra del gobierno nacional y sus políticas y, por esta razón, los resultados constituyen una derrota estruendosa. El júbilo que siguió a los resultados de un sector del establecimiento político–mediático, harían pensar que el gobierno de Petro terminó, el cambio no fue posible y es hora de recuperar el poder. La imagen del equipo de empalme del alcalde electo, caminando con aire de suficiencia por la plaza de Bolívar, era el fiel reflejo de esa felicidad de quien recupera lo que ha perdido.
Pero sí, fue una derrota para el gobierno de Gustavo Petro, sus políticas y su coalición. Si bien el propio presidente y algunos de sus alfiles han hecho malabares para presentarlo como un avance respecto de hace cuatro años –cuando no existía el Pacto como tal–, lo cierto es que la derrota de Gustavo Bolívar en Bogotá, y no haber tenido candidatos/as serios y competitivos en las principales ciudades y departamentos, es una gran derrota que no se puede maquillar. En la capital del país, el propio presidente aceptó el desafío del plebiscito con el tema del metro y, una vez más, lo perdió. A un mal candidato se sumó la necesidad de regresar a cierta moderación en el discurso, sentimiento que Galán interpretó bien.
En Medellín fue derrotada una versión desteñida de Quintero y se concretó el castigo a un gobierno que optó por la confrontación innecesaria y desafiante. Es válido preguntarse si este grupo político representa los ideales de una izquierda democrática y progresista y el costo de tener en la coalición a esta expresión de oportunismo político que convivió en Medellín con lo peorcito de las clientelas tradicionales. El triunfo de Álex Char es el de un sofisticado modelo de clientelismo y buen gobierno que está lejos de poderse considerar como una derrota para la izquierda.
En Cali, Bucaramanga, Cúcuta y Cartagena, el Pacto no compitió. Y cuando se mira la apuesta en otras ciudades intermedias, concejos, asambleas y gobernaciones, no tenía cómo ni con quién competir, y eso constituye un error estratégico fundamental, es como si se hubieran resignado con el triunfo de Petro, y poco más. Algunos casos en coaliciones, como el de la gobernación de Chocó con Partido Liberal, puede ser un escenario interesante a futuro. El triunfo de Amaya en Boyacá es un triunfo de esa variante clientelista del Verde que está lejos de ser un triunfo de la izquierda.
Me pregunto por qué los principales líderes del Pacto no salieron a dar la pelea en las regiones; Alexander López, María José Pizarro, David Racero, Iván Cepeda, entre otros, hicieron mutis por el foro, se hicieron a un lado y dejaron a los candidatos solos. El propio Bolívar así lo denunció. Para más fue Carlos Caicedo, quien con su movimiento Fuerza Ciudadana dio la pelea y conservó su feudo en el Magdalena, pero esto no puede considerarse un triunfo del petrismo.
Un curtido dirigente de izquierda me decía en estos días que la izquierda en Colombia no tiene un proyecto político después de Gustavo Petro. Los resultados del 29 de octubre son una señal de esto, a lo cual se suma el pobre desempeño de la bancada en el Congreso y la ausencia de cuadros competentes en el gobierno, lo que indica que esta versión de la izquierda alrededor de Gustavo Petro no parecería estar dando la talla.
En un país acostumbrado a ser gobernado por la derecha, un gobierno de izquierda constituye una excepción y una anomalía, como lo podemos ver en la histeria del establecimiento. Pero, sin un proyecto político detrás, este gobierno tiende a languidecer entre la tensión institucional y política y un clima de opinión adverso, dejando a la izquierda golpeada hacia futuro.
El presidente tiene que tomar nota de que hay un nuevo mapa político y obrar en consecuencia hacia la negociación y el respeto de la autonomía territorial. Por ahora, tenemos que digerir que nos digan que el reencauche del vargasllerismo y del duquismo, entre otros especímenes del establecimiento, es una buena noticia.
