Publicidad
1 Jul 2022 - 5:00 a. m.

¿Todos por el cambio?

Tuvo que pasar una revuelta social y una pandemia para que fuera posible un gobierno de izquierda en Colombia. La revuelta social fue necesaria para que la participación política fuera más allá del sistema partidista tradicional, y la pandemia mostró la cruda realidad de que la desigualdad es más que un dato estadístico.

Colombia siempre ha sido vista en América Latina como el muro de contención contra el avance de gobiernos socialistas por vía democrática, y no es gratuito que esta realidad se haya dado en un contexto de conflicto armado, el más perdurable de la región. Me atrevo a conjeturar que hay una relación entre el hecho de la imposibilidad de un gobierno de izquierda y la persistencia y degradación del conflicto armado, no de causalidad sino de retroalimentación perversa. Por eso también, en la ecuación para entender el triunfo de Gustavo Petro, es necesario sumar el proceso de paz con las Farc y, más atrás, como telón de fondo de todo esto, la Constitución de 1991.

Pero este triunfo no hubiera sido posible sin lo que Francia Márquez representa. Su importante votación en la consulta interna del Pacto Histórico generó un hecho político que dejó sin margen a Petro para una fórmula vicepresidencial diferente, y ese efecto aglutinador de los sectores de centro-izquierda hizo que doblara en primera vuelta su votación de 2018 y lo dejara más cerca del Palacio de Nariño.

Pero apareció Rodolfo Hernández, un producto de marketing político que recogió el rechazo a Petro de quienes fueron derrotados en primera vuelta por un candidato sin quilates para la derecha, como lo fue Federico Gutiérrez, y casi logra el milagro, pues fue mucho lo que tuvo que hacer la fórmula Petro-Márquez en segunda para conseguir más votos: en el suroccidente, la costa Caribe, Bogotá, e incluso allí donde no ganó pero donde aumentó la votación de la mano de los jóvenes, los afrocolombianos y las mujeres que respaldaron un proyecto político que entendía e interpretaba sus necesidades.

Contra los pronósticos más apocalípticos, todo se dio con normalidad: la Registraduría entregó los resultados en tiempo récord, el candidato perdedor reconoció la derrota, el presidente Duque felicitó y se reunió con el presidente electo, es decir, funcionaron las instituciones como corresponde, y la alternancia hacia un gobierno de izquierda no significó la destrucción del país ni de la economía. Ojalá en el futuro, este tipo de alternancia no se procese con el trauma y el estrés con que se anunciaba un triunfo de la izquierda. Esa es la verdadera prueba de fuego de una democracia.

Pero este triunfo no garantiza nada en términos de buen gobierno. Ahora hay que constituirse como tal y asumir la compleja misión de gobernar un país, en medio de altas expectativas, poco margen de tolerancia para el error y, seguramente, poca paciencia en aquellos sectores que esperan pronto un cambio significativo en sus condiciones de vida.

El clima de unión y concertación que ha caracterizado los primeros días del presidente electo pueden garantizar un trámite expedito de agenda legislativa y apoyo en las políticas públicas y reformas institucionales necesarias para el cambio tan anhelado. Muchos se quieren subir a ese bus luego de haberle dado la espalda y hacerle más difícil el triunfo, pero todo sea por la reconciliación política y superación de la mal llamada polarización.

Pero esa gobernabilidad de consenso puede terminar desdibujando la agenda progresista, y entonces se corre el riesgo de que la magnitud del cambio sea al gusto de esa clase política que siempre señaló a Petro como antisistema, que le permitan un retoque allí y otro más allá, unos nombres llamativos en sectores sin importancia, y poco de reformas sociales estructurales que demanda esta sociedad para corregir el rumbo de la exclusión y la desigualdad, para lo cual fue elegido, y no para darle un quinto aire a Cesar Gaviria.

@cuervoji

Síguenos en Google Noticias