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Brasil, rumbo al Mundial 2026, va quinto en las eliminatorias sudamericanas. Lo nunca visto. La razón de la debacle canarinha se fraguó hace décadas: aquel día que perdió con Italia en 1982.
El Brasil de España 82 era digno sucesor del gran equipo de México 1970. El juego alegre y ofensivo se presentaba ante Italia tras cuatro victorias cuyo fútbol quedó para siempre grabado en quienes tuvimos la fortuna de ver aquellos partidos. Telê Santana, como Zagallo en 1970, presentaba un medio campo de ensueño: Zico, Sócrates, Falcao y Toninho Cerezo. Tenía además unos laterales magistrales: Leandro y Junior, especialmente. Arriba un crack, Eder, y un tronco, Serginho. Careca, quien luego triunfaría al lado de Maradona en el Nápoles, estaba lesionado, y Santana nunca confió en Roberto Dinamita.
Brasil perdió contra Italia, 3-2. Paolo Rossi despertó de su letargo, y aprovechando algunos fallos clamorosos de Serginho, Brasil incomprensiblemente se fue antes de tiempo a casa. Sin embargo, la belleza y estética del fútbol brasileño fue tal, que Telê Santana repitió. El equipo que llevó a México no era individualmente el mismo del 82. Más importante, Zico jugó lesionado. Falló un penal ante Francia en cuartos de final, y luego, otro fallo de Sócrates en la tanda de penaltis los mandó a casa. En Brasil concluyeron que el fútbol arte no triunfa, lo hace la fuerza física del fútbol europeo.
Así que en 1994, con Carlos Alberto Parreira como entrenador y Dunga, un rocoso y nada elegante mediocampista, que ejerció como líder en el campo, el peor Brasil visto hasta la fecha ganó por penaltis la final contra Italia.
Brasil siempre ha tenido grandes futbolistas. En 1994, Bebeto y sobre todo Romario fueron suficientes. Posteriormente, una camada de genios obvió la poca estética de los entrenadores, y ganó el mundial de 2002: Ronaldinho, Ronaldo, Rivaldo, Roberto Carlos y Cafú. Ni siquiera un Parreira podría hacer que jugaran feo. Scolari los dirigió, pero aún siendo campeones, su potencial estético nunca fue explotado totalmente.
Ni en clubes ni selecciones ha vuelto a haber un equipo brasileño que enamore. Ahora son estudiosos del sistema. ¿Cuál sistema? Cualquiera menos el ofensivo con el que Telê Santana, dirigiendo a São Paulo, derrotó a Barcelona y Milan en sendas finales intercontinentales. El fútbol brasileño ha fallado en su estructura, entrenadores que buscan resultados, que los consiguen en ocasiones porque siguen brotando grandes futbolistas. Pero en cuanto la materia prima falla, o requiere ajustes precisos, la selección decepciona. Diniz, campeón con Fluminense, tras colgarse de los palos ante un pobre Boca, dirige a Brasil con sentido “guardiolista”. Brasil necesita revisar su historia, recuperar su idiosincrasia, jugar el fútbol que los llevó a ser lo que son y olvidarse de seguir el espejo europeo (quienes por cierto, España lo mostró, adoptaron un estilo más sudamericano). Quizá Guardiola podría ayudarlos, no Ancelotti. Brasil no necesita europeizarse más. Necesita un europeo que les recuerde lo buenos que pueden ser los sudamericanos.
