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Hace unas semanas me quejaba del maltrato de tanto compatriota contra un ícono nacional como es Egan Bernal. En el Tour de Francia el turno fue para Rigoberto Urán, quien se atrevió a afirmar que “no se pueden comer ese cuento de vivir sabroso”. En su opinión, hay que “apretar y trabajar porque nadie le regala nada a uno”.
Como a Egan, aunque con menos virulencia, se le vinieron encima. Argumentan muchos que un deportista no debe opinar sobre política. Lo que sucede, es que en este escenario de peligroso unanimismo político que vivimos no aceptan que muchos de sus ídolos vayan en contra de las convicciones que marcan tendencia.
El deportista, algunos quieren olvidarlo bajo la cortina de la fama, es también un ciudadano. Como tal tiene derecho a opinar o no sobre política. Hace unos años John Carlin, prestigioso periodista que escribía entonces en El País de España, acusaba de cobarde a James Rodríguez por no posicionarse públicamente a favor del Sí en el referendo que debía o no aprobar el texto negociado entre el gobierno Santos y las Farc.
Bajo el paraguas de la figura pública, se olvida que Egan no fue el primero ni será el último que exponga sus ideas políticas siendo deportista de élite. Quizás uno de los casos más famosos sea el de Sócrates, activista central de la Democracia Corinthiana que, en 1982, en plena dictadura brasileña participó activamente en la revolución democrática del Corinthians.
En tiempos en que la democracia brillaba por su ausencia, el equipo decidió que toda decisión se tomaría con base en la mayoría de votos. Votaban desde el sistema de juego, hasta la repartición de premios pasando por el horario de entrenamiento. Como afirmó Sócrates alguna vez, al pisar el césped, estaban luchando por recobrar la libertad. Así, salieron con lemas en sus camisas como “Día 15 vote”, promoviendo la participación en las elecciones parlamentarias de 1982, las primeras desde el golpe de 1964.
No tan conocido , pero también valiente, fue el caso de Grosics, arquero de la maravillosa Hungría que perdió la final del Mundial de 1954. En su caso, su alineación contra el comunismo reinante. Era conocido y perdonado por ser titular de un equipo destinado a ser campeón mundial. Perder la final, sin embargo, lo cambió todo. Tras el Mundial, arrestado durante el calentamiento de un partido, interrogado, maltratado y encarcelado. Su liberación fue condicional a exiliarse lejos del ruido mediático de la capital. Se le permitió jugar en un pequeño equipo minero de la provincia.
Hace menos, Megan Rapinoe, estrella del equipo femenino de Estados Unidos, alzó su voz contra el populismo del entonces presidente Trump. En un país polarizado, su voz tuvo eco en demócratas, pero fue repudiada por republicanos. Se escuchó el trillado, figura pública no debe opinar. Se equivocan. Son ciudadanos, mientras haya libertad o, precisamente porque hay libertad, opinar de política es un derecho fundamental.
