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En 1998 la NASA descubrió un asteroide que denominó 1998 OR2. Su diámetro está entre 1,9 y 4 km, por lo que se clasifica como “potencialmente peligroso”. Es decir que si llega a chocar contra la Tierra produciría una catástrofe que no acabaría con la civilización, pero la dejaría maltrecha. El próximo 29 de abril se producirá el mayor acercamiento del asteroide al planeta. Los raelianos y apocalípticos dicen que la expresión “potencialmente peligroso” debe interpretarse como una posibilidad real de choque con la Tierra. En realidad la probabilidad es casi cero, se calcula que la distancia de mayor acercamiento el 29 de abril, 2 días después de terminada la cuarentena, será de 6,2 millones de km, 16 veces mayor que la separación entre la Tierra y la Luna. Por supuesto que los apocalípticos, y quienes invocan la ira de Dios, afirman que los pecados de la humanidad pueden desviar el asteroide y dirigirlo contra la Tierra, razonamiento similar al de quienes predican que las cadenas de oración pueden tener efectos positivos sobre la trayectoria. Las películas de ciencia ficción hacen chocar los meteoritos en los centros de las grandes ciudades: Nueva York, París, Londres, San Francisco, Los Ángeles y más recientemente en ciudades chinas. La probabilidad de que la colisión se produzca en estas áreas es muy baja, es más factible que caiga en el mar o en zonas poco pobladas. Un director de cine, cuyo nombre no recuerdo, no quería mucho a los argentinos, y en su película el choque catastrófico se produce en Buenos Aires.
La religión también está presente en la actual pandemia. El predicador islámico Sard afirma que el coronavirus es un castigo divino causado por la aceptación en muchos países del matrimonio gay. La misma causa la atribuyó la alcaldesa cristiana de Atlanta durante los huracanes del 2018. Debe existir una fina frontera para que las anteriores manifestaciones nos parezcan ridículas, pero se acepten con mayor facilidad las que invocan fuerzas sobrenaturales para enfrentar catástrofes naturales o epidemias. El presidente de México, un país laico, ante el avance del COVID-19, se mostró confiado en que unos escapularios llamados “detente” protegerían del contagio. Con sentido del humor se promocionó en el portal web de Mercado Libre la venta del kit de “detentes”. En Colombia, que constitucionalmente es un país laico, el presidente invoca permanentemente a la Virgen de Chiquinquirá para que controle la epidemia. Es claro que cualquier persona es libre de profesar o no la religión, pero es extraño que las autoridades le asignen funciones de Estado a una religión específica. Un escrito que circula en las redes puede aclarar el anterior galimatías: “Si tu Dios manda una epidemia para que le reces más, no es amor, es chantaje. Consulta a tu ateo más cercano”.
Para estimular el espíritu cívico de los ciudadanos se propone que se icen las banderas, pero no parece especialmente útil esta medida. Las autoridades deben mejor ayudar a los habitantes de las residencias en los barrios más desprotegidos, allí se colocan en las ventanas no banderas, sino trapos rojos como señal aceptada de “¡SOS! ¡Tenemos hambre!”.
Nota final. Tendencia positiva en la evolución del contagio en Colombia: el período de duplicación es de 7,78 días, hace dos semanas estaba en 5,7 días.
