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Catedrales

José Fernando Isaza

04 de abril de 2019 - 03:30 a. m.

En Europa, las más emblemáticas construcciones medievales son las catedrales góticas; a diferencia de las iglesias romanas, aquellas se caracterizan por los arcos angulares y por la importancia dada a la altura de las torres. El objeto de estas imponentes obras era el de ¿servir de lugar donde resida la divinidad? Si los cristianos consideraban que Dios está en todas partes no se requiere un sitio especial para su presencia. Realzaban el orgullo de quienes encargaban su construcción y de los artesanos que la realizaban, en ellas abundan los signos masónicos, que permiten identificar los cofradías a las que pertenecían los constructores (maçones).

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El diseño arquitectónico no parece dictado por la divinidad, a diferencia del templo de Salomón. La Biblia narra que el Señor le prometió a Salomón cumplir la promesa hecha a su padre, David, si se construía el templo según sus mandatos. Terminada la construcción, el dios de Israel se le aparece a Salomón para consagrar el templo y acepta que en él residan “mi Nombre, mi corazón y mis ojos”.

En la construcción del depósito se comete un elemental error de aritmética: “Medía cinco metros de diámetro, era todo redondo, y quince de perímetro medidos a cordel”. Toma como pi el valor de 3, les debió quedar deformado.

Las catedrales fueron evolucionando para convertirse en sitios de encuentro, de reunión de comunidades, de intercambio de chismes y mercancías, salas de concierto, teatro y comedia. Estos usos se siguen cumpliendo, pero con menos intensidad. La asistencia a bodas y funerales puede ser un pretexto para encontrarse con viejas amistades.

José Saramago, en su novela La cueva, dice que el papel de las catedrales como sitios de encuentro lo cumplen hoy los centros comerciales. Se diseñan sin ventanas para que el mundo de los visitantes sea el interior con preferencia a la ciudad. Se va allí a mirar y en ocasiones a comprar; la oferta de diversión es abundante, cine, juegos para niños, casinos; es amplio el espectro económico de los restaurantes y plazas de comida, bares, salas de exposiciones artísticas, y por supuesto es alta la probabilidad de encuentros casuales.

Ante la irrupción de nuevos sistemas de enseñanza y aprendizaje, continúa la discusión sobre cuál debe ser la función de la universidad del futuro y cómo debe enfocarse para responder a la pregunta: ¿se debe enseñar para la vida o para el trabajo? ¿Cuál debe ser el justo medio entre la educación virtual y la presencial, entre la investigación y la docencia? Es razonable la hipótesis según la cual se requieren cada vez menos profesores presenciales, menos aulas de clase, más estudios de producción de los programas virtuales. Tal vez la infraestructura de las universidades se irá orientando no solo a los clásicos salones de clase, sino a sitios de encuentros en donde se pueda disfrutar de una buena conversación, un buen café, ver un buen teatro o danza, de vez en cuando asistir a una conferencia magistral dictada por reales expertos. Es decir, cumplir la función de las catedrales medievales y ser una alternativa a los centros comerciales.

Hasta ahora un cierto grado de presencialidad es importante; si no fuera así, los cursos por correspondencia, tan populares en la posguerra —precursores de los programas a distancia— no habrían desaparecido con el aumento de la cobertura universitaria.

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