UN EJEMPLO DE LA TEORÍA DE JUEgos es el dilema del prisionero. Dos sospechosos de un crimen son detenidos y aislados.
Se les propone la siguiente negociación: si ambos confiesan, recibirán 6 años de cárcel; si uno confiesa y el otro no, quien confiesa sale libre (premio al delator, o principio de oportunidad) y el otro es sentenciado a 10 años; si ninguno confiesa, como hay pruebas de un delito menor, cada uno es condenado a 1 año. La teoría muestra que cada uno opta por una solución egoísta (confiesan) buscando minimizar su condena y el resultado es que cada uno recibe 6 años, la solución que reduce la pena es que ninguno confiese, pero ésta no se da, pues al tratar de minimizar el costo individual no se obtiene el mejor resultado para los dos. Aplicado a problemas sociales se explica por qué si cada país no reduce sus emisiones de CO2, el resultado final es un daño muy superior al beneficio de no colaborar. Quien evade impuestos logra un ahorro individual, pero si todos lo hacen, al final colapsa el Estado y el resultado es peor. El mayor beneficio social no es la suma de los beneficios individuales, esta última es, generalmente, muy inferior a aquélla.
Un caso específico del dilema del prisionero o mejor “dilema del indagado”, es el del embajador de Colombia ante el Vaticano. Tenía varias opciones: utilizar el principio de oportunidad y decir quién ordenó o toleró las chuzadas y asumir posibles conflictos de lealtad; negar que hubo chuzadas, lo cual es ya un imposible; aceptar culpabilidad y reducir la sentencia; si no participó en este atropello a la democracia, esperar un fallo justo. No se menciona la alternativa “demostrar su inocencia”. Esta última es un adefesio que se ha puesto de moda en los últimos años, la inocencia no se demuestra, le corresponde al ente acusador probar la culpabilidad. El gobierno pasado, que buscó por todos los medios anular la independencia del sistema judicial, fue propicio a condenar sin juicio y sin pruebas a sus opositores, e hizo carrera la frase: “Tendrá que demostrar que es inocente”. Las masivas detenciones preventivas echaron por tierra uno de los derechos más preciados: la presunción de inocencia. Otro dilema que enfrentó nuestro embajador fue aceptar o negar que había garantías en el país. Si negaba la existencia de garantías se unía al coro del ex presidente y de sus áulicos pero, al mismo tiempo, enfrentaba la incómoda situación de representar oficialmente a un país que no ofrecía garantías. Optó por mantener su posición diplomática, afirmó que hay garantías y dejó en el aire una cierta deslealtad con su anterior patrón.
Por alguna razón la opinión del país acepta como un valor superior la lealtad, así esta encubra delitos. En esto se parece a las normas no escritas de las organizaciones mafiosas, la mayor falta es la delación.
En las épocas del Proceso 8.000, se castigó políticamente a las personas cercanas al presidente que en aras de protegerse, no le cubrieron la espalda. Situación al menos paradójica: se censuraba al presidente, pero también a los colaboradores que lo abandonaban. Embajadores renunciantes, ex ministros que afirmaban que ellos no sabían pero sí su superior, se veían como traidores y desleales, ¿cuántos votos perdió su más leal defensor, cuando aceptó en un debate televisivo, que si era requerido en extradición, lo haría?
* Rector Universidad Jorge Tadeo Lozano