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El poema blasfemo

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José Fernando Isaza
09 de mayo de 2012 - 11:00 p. m.
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El 5 de mayo se conmemora el centenario de la muerte de Rafael Pombo.

Es el poeta más popular de Colombia. Sus personajes entraron al dominio público. Cuando se habla de Simón el bobito llega la imagen del pescador en un balde; La pobre viejecita no sólo es una poesía, es una manera de referirse irónicamente, sin que se malentienda, a una persona opulenta y quejumbrosa. Hace unos años se consideraba que la memoria era una cualidad positiva del intelecto. Una de las formas de estimularla era memorizando poesía. Poco a poco la memoria fue perdiendo estatus, los discursos oficiales la fueron relegando, luego irrumpió la moda de la pertinencia, reemplazando el conocimiento por el nuevo ídolo: las competencias.

Algunos de los cuentos infantiles de Pombo son adaptaciones al español de relatos tradicionales europeos. La acusación de plagio es injusta. En las ediciones de su obra, claramente se da el crédito a los relatos inspiradores. Pero la adaptación modifica los cuentos a los lectores latinoamericanos. Así lo señala el editor de Cuentos morales para niños formales.

Críticos como Darío Jaramillo, reconocen que Pombo es un buen poeta; tal vez no extraordinario, pero es un ejemplo de compaginar la calidad con la popularidad.

Menos conocida es su obra existencialista y romántica. El oscurantismo que acompaña buena parte de nuestra historia casi logra que se olvide su poesía que podría calificarse como para mayores.

Su obra de mayor significación es la Hora de tinieblas. Andrés Holguín la califica como el poema más filosófico y hondamente blasfemo del siglo XIX.

Es la imprecación a Dios en un lenguaje volteriano por la injusticia, el dolor, la culpa por pecados no cometidos. La primera edición la escribió a los 22 años. No fue un episodio aislado de juventud; años más tarde la revisó y mantuvo su tono agnóstico de librepensador o de claramente ateo.

Hay estrofas en las cuales se dibuja el rechazo a un Dios con poder superior al hombre: “¿Quién te hizo Dios? / ¿Por qué dí / cómo, dónde y cuándo vino / privilegio tan leonino corresponderte a ti? / ¿Por qué no me tocó a mí / ese poder de poderes?”.

El dogma católico del pecado original es demolido con versos del siguiente tenor: “¡Oh, Adán! ¿Cuándo estuve en ti? / ¿Quién te dio mi alma y mi pecho / quién te concedió el derecho / de que pecaras por mí?”.

Adelantándose varios años a los existencialistas, se preguntaba y contestaba sobre el no valor de la vida: “¿Por qué vine yo a nacer? / ¿quién a padecer me obliga? / ¿quién dio esa ley enemiga / de ser para padecer? / ¿Si en la nada estaba yo / porqué salí de la nada?”.

En su madurez publicó un soneto, La noche, que algunos, basados en el siguiente verso, quieren leer como la rectificación de su obra anterior: “Dios lo hizo así, las quejas, el reproche son ceguedad. ¡Feliz el que contempla oráculos más altos que su dueño!”.

Su espíritu librepensador, en una época en la cual los partidos políticos estaban claramente diferenciados por concepciones religiosas, no le impidió unirse a una secta de jóvenes conservadores, la Filotémica, entre cuyos objetivos estaba conspirar contra José H. López. La lectura de la novela Una hermosa doncella, de Joyce Carol Oates (1939), recuerda los versos de Pombo cuando pide en su hora final estar acompañada de una mujer amada para hacer así dulce la despedida.

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