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ES EL TÍTULO DE UN DOCUMENtal sobre la quiebra de Enron. La ambición y la soberbia llevaron a la ruina, no sólo a la empresa sino a los que invirtieron sus ahorros pensionales en acciones de la compañía. La dolosa aplicación de las normas contables les permitió a sus ejecutivos retirar para su beneficio personal cientos de millones de dólares de utilidades ficticias.
Es de antología la celebración que hacen los directivos de Arthur Andersen, auditores de Enron, cuando fue aprobada la práctica de contabilizar como utilidades los estimativos de ganancias futuras de cualquier inversión. Compras de negocios que a los pocos meses se quebraban se seguían registrando como utilidades futuras y daban derecho a bonos para “los más listos del salón”. Parte del sector financiero norteamericano fue cómplice de esta hecatombe. Para no mostrar los créditos, éstos se hacían pasar como compras de activos, generalmente improductivos. Se creó una telaraña de subsidiarias, para dificultar el análisis de sus finanzas. La compañía fue un aportante a la primera campaña de Bush, y se rumoraba que el vicepresidente de Enron sería el Secretario de Energía; esto les permitía contar con una especie de “protección oficial”. La actuación de Enron en la crisis de energía eléctrica en California, incentivando los apagones, para poder vender a mayor precio los kilowatios que habían comprado, llenó de indignación a sus habitantes y fue el detonante para desenmascarar la realidad de la fraudulenta operación. El valor de la quiebra de Enron, 40.000 millones de dólares, representaba casi cuatro veces el valor de las reservas colombianas de esa época. Ni se aprende, ni se olvida. Pocos años después, con procedimientos contables similares, Parmalat entra en bancarrota.
Algunos años atrás el banco Barings, uno de los más antiguos del Reino Unido, quiebra. Parte de sus activos eran solo cartas falsificadas por su joven ejecutivo de Singapur, Nick Leeson. Pasó en la cárcel unos años que le permitieron escribir un libro y el guión de una película sobre la crisis que creó. Hay una escena en la película, en la cual Nick envía un fax usando el membrete de una prestigiosa empresa, en el cual ésta reconoce deudas de unos millones de dólares, y el documento es aceptado por los auditores de la casa matriz; el guionista-protagonista exclama: ¡No creí que fuera tan fácil crear dinero!
En la humorística ceremonia en la Universidad de Harvard, en la cual los premios Nobel otorgan los Ignominiosos Premios Nobel, el de economía se le otorgó a Enron y a sus auditores por haber introducido los números imaginarios en la contabilidad. Desde la antigüedad los números positivos hacen parte de los registros contables; luego aparecen los negativos. Por ejemplo, utilidades negativas es eufemismo para referirse a las pérdidas. Pero Arthur Andersen introdujo los números imaginarios; las utilidades eran imaginarias, los activos, los contratos también eran imaginarios. Ni los auditores ni los ejecutivos asistieron a la ceremonia. Algunos estaban huyendo, en la cárcel, o se habían suicidado. Seis años después la historia vuelve a repetirse.
Cualquier parecido con las pirámides o con los empaquetamientos de hipotecas de baja calificación no es coincidencia.
*Rector Universidad Jorge Tadeo Lozano
