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Qué hacer con las tablillas de arcilla

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José Fernando Isaza
10 de diciembre de 2009 - 03:29 a. m.
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“LA CIVILIZACIÓN EMPEZÓ EN SUmeria” (hoy Irak) es una afirmación que algunos humanistas comparten.

Entre las razones aducidas están la creación de la escritura cuneiforme en tablillas de arcilla que soportaban el paso del tiempo, y un sistema educativo que recuerda las escuelas primarias surgidas en Occidente miles de años más tarde. Es posible conocer el nivel de avance político y administrativo a través del Código de Hammurabi, el grado de satisfacción de la aritmética comercial, de la astronomía, de los problemas planteados y, en algunos casos resueltos, de lo que hoy llamaríamos matemática pura. Los mitos de la creación y las leyendas son algunos ejemplos de un saber preservado y transmitido a través de la escritura en arcilla. Es posible imaginarse la inquietud o el horror de los sabios de la época cuando la aparición del papiro iba a hacer tecnológicamente obsoletas las tablillas.

Parte significativa del saber antiguo se transmite gracias a los monjes que copiaban los textos de los filósofos griegos de los escritos científicos producidos por la cultura árabe. La aparición de la universidad en el Medioevo tuvo en cuenta las restricciones económicas para acceder a los libros. No es de extrañar que el profesor se llamara el “lector” y que los estudiantes pagaran su matrícula copiando lo que el profesor recitaba o leía.

La aparición de la imprenta modifica el sistema de enseñanza, ya es posible tener acceso a los textos, la literatura entra a formar parte de los estudios. Se diferencia con mayor precisión el mito de la realidad. ¿No se escucharían voces del tenor ¡es el acabose!? ¿Cómo dejar de lado las bellas ilustraciones, las verdaderas obras de arte fruto del esfuerzo de muchas vidas y reemplazarlas por un producto mecánico?

Algo similar puede estar ocurriendo hoy con la aparición del libro electrónico. Los últimos modelos emplean pantallas con opacidad similar al libro, y permiten subrayar y hacer anotaciones.

Por supuesto que el libro impreso tiene usos adicionales a la lectura. Puede ojearse, mirarse, algunas veces organizarlo, mostrarlo con orgullo. Pero el avance tecnológico lo irá relegando poco a poco a un bien cultural o artístico, digno de estar en museos, como las tablillas y los papiros o en las bibliotecas públicas.

A veces, quienes todavía amamos los impresos, tendemos a olvidar que la función principal del libro es permitir saber qué piensan o investigaron sus autores. En el curso de una vida el libro nos permite conocer el saber acumulado de muchas vidas.

En los años 1970 aún se usaba en los países de Europa Oriental y en China el ábaco. Hoy esa importante máquina de calcular está destinada a ser pieza de adorno. La difusión de la calculadora de bolsillo tuvo mucha oposición por parte de unos matemáticos y pedagogos que decían que ese diabólico instrumento iba a frustrar el conocimiento de los niños. Por supuesto estaban equivocados y hoy quienes disfrutan de la matemática no pierden el tiempo realizando operaciones numéricas.

En los cajones de los ingenieros mayores aparecen de tiempo en tiempo reglas de cálculo y recuerdan los cursos que había que tomar para aprender su manejo. Estos objetos tienen el mismo valor nostálgico que las tablas de logaritmos. Aún hay quienes creen que los discos de acetato y los equipos de tubos de vacío son irreemplazables. Se tiende a confundir la finalidad de un objeto con éste.

*Rector Universidad Jorge Tadeo Lozano

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