Publicidad
10 Feb 2022 - 5:30 a. m.

Rotación

El atraso en la astronomía y cosmología hasta el Renacimiento se puede atribuir a la dogmática religiosa. Los científicos corrían el riesgo de caer en las redes de la Santa Inquisición y morir quemados vivos, como le pasó a Giordano Bruno, o condenados a prisión domiciliaria, como es el caso de Galileo.

Las observaciones astronómicas no se ajustaban al modelo geocéntrico; es decir, la Tierra en el centro del universo y los otros cuerpos celestes rotando alrededor de ella. Copérnico (1473-1543) retomó el modelo heliocéntrico de Aristarco (siglo II a. C.) y publicó el libro De Revolutionibus. El tribunal del Santo Oficio lo incluyó en el índice de libros prohibidos. Hasta 1822, la Iglesia prohibió la enseñanza del modelo heliocéntrico, y Belarmino —el acusador de Galileo y Bruno— fue canonizado y declarado doctor de la Iglesia en fecha tan cercana como 1930. Desafiando las prohibiciones religiosas, José Celestino Mutis, en la cátedra inaugural de Matemáticas de la Universidad del Rosario, expuso en 1762, por primera vez en la tranquila capital de la Nueva Granada, la teoría copernicana. Copérnico consideró que las órbitas son circulares, pero como este modelo no se ajusta a las observaciones, no localizó el Sol en el centro de la esfera sino en una posición excéntrica. Kepler ajustó el modelo con órbitas elípticas y el Sol ocupando uno de los focos.

El argumento de la Iglesia de Roma para rechazar como herético el modelo heliocéntrico —en el cual la Tierra y los otros planetas giran alrededor del Sol— está en la Biblia, en el libro de Josué, donde dice: “El Sol se detuvo en medio del cielo y tardó un día entero en ponerse. Ni antes ni después ha habido un día como aquel, cuando el Señor obedeció la voz de un hombre porque el Señor luchaba por Israel”.

Uno de los atributos del Dios de los judíos, cristianos y musulmanes es su infinita bondad y misericordia. Se podría pensar que si violó sus propias leyes de la física fue para prolongar la luz y así Josué pudiera concluir alguna labor humanitaria. Nada más alejado de la narrativa. Los israelitas, aduciendo ser el pueblo elegido, se consideraban con el derecho de invadir y conquistar tierras que estaban ocupadas desde tiempos inmemorables por otras civilizaciones. Cuando Josué exclamó: “¡Sol, quieto en Gedeón! ¡Y tú, Luna, en el valle de Ayalon!” obtuvo un día más de luz solar y así pudo aniquilar a los pueblos asentados en los territorios de la tierra prometida. Tomó las poblaciones de Maqueda, Laquis, Eglón, Hebrón y Debir; en todas ellas, de acuerdo con la palabra de Dios, “pasaron a cuchillo a todos sus habitantes. No quedó de ellos un solo superviviente (...). Así fue como conquistó Josué toda la montaña, el Néguev y la Sefala… No quedó un sobreviviente. Consagraron el exterminio a todo ser viviente, como había mandado el Señor, Dios de Israel”.

La Biblia, en el Antiguo Testamento, muestra un dios irascible, vengativo. Para atenuar esta imagen, se arguye que cambió con la llegada de Jesús, que ese dios hombre sí encarna la bondad y la misericordia. El Nuevo Testamento presenta a un dios más humano. El problema es el siguiente, el cristianismo afirma ser monoteísta y para conciliar la idea de los tres dioses, proclama que son tres personas distintas pero un solo dios; uno y trino en palabras del padre Astete; es decir que es el mismo dios a la vez, irascible, vengativo, cruel, amoroso y bondadoso.

Síguenos en Google Noticias