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19 May 2022 - 5:30 a. m.

Sarito

En buena hora, la sociedad está tomando medidas para prevenir y controlar el abuso escolar. Contrario a la narrativa de los cuentos de hadas, la niñez puede ser infeliz, y algunos niños perversos agreden a compañeros de su misma edad. La humillación y las heridas del acoso pueden dejar secuelas duraderas.

En Manizales, a mediados del siglo pasado, el concepto de clase media no aparecía con nitidez, pues existían dos clases: los ricos y los pobres. Los ricos se distinguían por tener fincas de recreo, carros y viajar en avión, los pobres eran el resto. Algunos ricos lo eran por su trabajo, otros por herencia, de las tierras y riquezas de la Concesión Aranzazu, que comprendía el sur de Antioquia y norte de Caldas. Los concesionarios tenían patente de corso para explotar las tierras y a sus habitantes. En los años 60, falsificando títulos de propiedad, parte de la clase rica se apoderó de tierras bananeras en Urabá. Cuando se descubrió la estafa, integrantes de la más granada sociedad pasaron algunas semanas en detención domiciliaria. La investigación penal del delito fue prontamente archivada. Los colonos pudieron recuperar parte de las tierras. La declaración de guerra que hizo Colombia a Alemania en 1943 y la promulgación de las listas negras hizo que los alemanes que vivían en Manizales dueños de ferreterías, empresas y tierras se las traspasaran a los nacionales vinculados a la ciudad. Al finalizar la guerra y las sanciones, los testaferros no las devolvieron. En esos años había pocos afrodescendientes en Manizales, la minería del oro se había extinguido, los indígenas que adoraban el cerro sagrado, el Cumanday, habían sido exterminados, por lo que los estratos sociales y políticos de la ciudad eran los ricos blancos, quienes tenían el control económico y administrativo de la ciudad.

En los colegios privados, los hijos de los ricos les hacían bullying al resto de sus compañeros: los pobres. No escatimaban ninguna forma de humillación. Como la moda de la ropa de marca no había llegado, una forma de diferenciar a los ricos de los otros era por el vestido de paño que se utilizaba en ocasiones especiales. El costo de un vestido era casi inalcanzable; por eso, para comprarlo, los otros recurrían a un sistema de pago semanal anticipado, llamado el club, y a las 52 semanas se podía acabar de pagar y recibir el traje. Este atuendo no iba destinado a los hijos de los otros, sino a sus padres. Cuando por su uso prolongado el vestido adquiría un cierto brillo, era hora de “voltearlo” y pasarlo a uno de los hijos. La leyenda urbana decía que cuando se encontraban dos personas mayores caminando y uno de ellos, de espalda al sol, se ponía la mano para protegerse del reflejo del vestido de su interlocutor, ya era hora del “volteo”.

Sarito (nunca se supo su apellido) era un sastre especializado en esta labor; su sastrería no medía más de tres por cuatro metros. El vestido quedaba casi perfecto, como nuevo; sin embargo, una marca indeleble mostraba que quien la usaba no estaba estrenando. En la solapa y el bolsillo izquierdo quedaba una costura visible, que casi gritaba: “¡Mi dueño es de los otros, no puede estrenar!”.

Los hijos de los ricos se ensañaban contra los hijos de los otros, burlándose en las fiestas y reuniones de aquellos a quienes sus familias no podían comprarles un vestido nuevo de paño.

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