En el año 2015 se publicó por primera vez en los Estados Unidos un trabajo desafiante para la humanidad que recogía el aporte académico del nobel de economía Joseph Stiglitz con el sugestivo título La gran brecha. Este se ha convertido en uno más de los textos dedicados a abordar la que a mi juicio es una de las preocupaciones centrales de la economía contemporánea. Se suma a los trabajos de Angus Deaton y Thomas Piketty, que intentan explorar las causas, consecuencias y acciones posibles para superar el drama de la inequidad, que viene a ser la fase dos de los avances que como sociedad hemos tenido en la reducción de la pobreza.
Lo que más destaco del libro de Stiglitz es su reflexión profunda sobre distintas formas de inequidad. No es sólo la inequidad derivada de mayores o menores niveles de ingreso, sino también aquella relacionada con diferencias de acceso a oportunidades y la “inequidad de voz”, esta última relacionada con la posibilidad que tienen sólo unos pocos para opinar, ser escuchados y proponer acciones efectivas para superar la desigualdad creciente. Esta inequidad se perpetúa por la falta de acceso a educación de calidad para todos y porque aquellos que lideran la política pública, siendo beneficiarios del statu quo, se abstienen de diseñar políticas para que todos tengamos las mismas oportunidades de acceder a aquello que garantice dicha igualdad. Para no ir muy lejos, en el caso colombiano está la incapacidad que han tenido los actores de política pública para rediseñar las políticas pensionales, que siguen manteniendo el statu quo de una élite que se beneficia con el actual diseño, en detrimento de la gran mayoría que tendrá serios problemas al momento de pensionarse.
Algo similar podría predicarse de la incapacidad de los actores de política económica para actuar con más fuerza en materia de evasión fiscal. El tema sigue siendo parte del discurso de “lo que deberíamos hacer”, y mientras tanto sigue operando la evasión a través de paraísos fiscales para algunos y de evasión para otros que no se enfrentan nunca con los “dientes” necesarios de control. Basta simplemente recorrer calles comerciales en muchas ciudades del país verificando cuántos negocios en ellas expiden factura y cuántos no, o simplemente revisar si los profesionales de servicios independientes que atienden a muchos colombianos expiden o no factura o prefieren el “conveniente” pago en efectivo. La inequidad no crece por generación espontánea, lo hace como resultado de las acciones y omisiones de la política pública.
Del trabajo de Stiglitz me sorprendió también positivamente el uso de ejemplos reales para enfrentar el problema, en donde entre otros destaca el avance de una ciudad como Medellín, que en los últimos gobiernos locales ha sabido diseñar estrategias para acercar a los marginados a la educación, a la ciencia y a la innovación. Pero destaca también el caso de la República de Mauricio, un país insular joven que logró una transformación sobresaliente a través de la educación y la construcción de empleo, así como a través de una política de desarrollo productivo que hizo tránsito de una economía centrada en un solo sector productivo (azúcar) al fortalecimiento de la industria y los servicios centrados en la innovación. De la mano de lo anterior, una economía abierta a aprovechar el comercio internacional, atraer inversión extranjera en simultánea con la diversificación de la economía.
El resultado fue que entre 1969 y el año 2013, la economía creció en promedio el 5,3 % con una leve reducción en los últimos años a tasas del 4 %. Una de las iniciativas más exitosas fue el crecimiento de las denominadas 12 cybercities que han atraído desarrollo tecnológico e inversión extranjera, introducciones de cuarta revolución industrial y que suponen hacia el futuro ocho ciudades inteligentes adicionales y cinco parques tecnológicos.
Recientemente se celebró el Día del Economista y quisiera llamar la atención de mis colegas para que construyamos colectivamente, con creatividad y aprendizaje de buenas prácticas, modelos distintos de crecimiento con equidad que incluso aprendan de prácticas como la de la República de Mauricio. La conclusión, releyendo a Stiglitz, es que sí se puede, si se tiene creatividad y voluntad política.
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