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La revolución francesa

José Roberto Acosta

26 de agosto de 2011 - 04:39 p. m.

Más que alarmarse por la actual crisis económica y buscar culpables que ya todo el mundo conoce, el Gobierno francés decidió ponerle el cascabel al gato y presentó un plan de medidas para equilibrar sus descuadernadas finanzas públicas, entre las que se incluye el aumento de impuestos a los ricos, a las rentas de capital, al alcohol y al tabaco. Esto con el apoyo de millonarios franceses, que están de acuerdo con que se les cobre una “contribución especial”, del 3% adicional, a quienes perciban más de quinientos mil euros anuales.

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Lo anterior contrasta con la antipática y chantajista posición del ala más radical del Partido Republicano en Estados Unidos, conocida como el Tea Party, que amenaza con la premisa de que mayores impuestos para los ricos son una medida que los espantaría, frenando la inversión productiva y generando mayor recesión y descalificando superficialmente al más rico de ese país, el señor Warren Buffett, que considera que los ricos pagan en términos relativos muy pocos impuestos en relación con sus ingresos, menos que lo pagado por la clase media o asalariada.

En momentos en que el propio Ben Bernanke no da señales de medidas adicionales de estímulo a la economía, no sólo porque se han vuelto ineficaces, sino porque ya no tiene pólvora adicional, se hace necesario tomar partido sobre quién ha de pagar los platos rotos de esta crisis, generada por los excesos de banqueros en los países desarrollados. Si de manera revolucionaria o por lo menos vanguardista, los millonarios franceses, en un acto de sensatez histórica, deciden enfrentar con su chequera el problema, ¿qué debemos esperar de nuestros millonarios colombianos? ¿Más exenciones tributarias? ¿Más subsidios contra la revaluación? ¿Más Agro Ingreso Seguro? ¿Más inequidad?

El actual ejemplo francés tiene la transcendencia de lo hecho por ellos mismos en el año 1789, cuando instauraron con su revolución burguesa las bases del capitalismo. Ahora se trata de que no caiga de sus endebles bases. La supervivencia del sistema está en juego y la equidad se convierte en la única locomotora a la que no se le ha fundido el motor, como ya sucedió con las tradicionales políticas fiscales y monetarias aplicadas hasta el momento. Es hora de ensayar con la equidad.

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