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LA INSEGURIDAD COBRA DIFERENtes formas a medida que cambia una ciudad. Hace algunos años Washington era invivible por los atracos y las bandas delincuenciales callejeras.
Hoy se ofrece seguridad a una multitud calculada en cuatro millones, que acudirá a ver la posesión del presidente Obama, quien a su vez tiene máximas medidas de protección. Cambios parecidos han ocurrido en ciudades como París y su maravilloso ambiente turístico afectado por la indigencia de países pobres de la posguerra. O Río de Janeiro, donde esplendorosas playas terminaron vetadas porque los ladrones llegaron hasta el robo de tangas de las bañistas.
En la Bogotá que por muchos años no pasó del medio millón de habitantes, había otros tipos de inseguridad. No había propiedad horizontal, en los barrios los habitantes se conocían, se ayudaban y se tuteaban con el policía de la cuadra o con los inspectores cívicos. En 70 años Bogotá es otra ciudad, llena de edificios, automotores, ruido y aire viciado. Desde selvas, montañas y otros países han llegado millones de nuevos habitantes a acompañar a la minoría de viejos cachacos. Es una población de gente que viene a buscar una mejor vida, por las buenas o las malas.
Según las circunstancias, las autoridades del Distrito dictan medidas cuando crecen las protestas por la inseguridad. Esta vez fue el asesinato del joven Juan Pablo Arenas, así como el aumento de víctimas por el alcohol y las drogas en diferentes sectores.
La ciudad en veloz crecimiento sigue adaptándose. Las familias ya no viven en su casa, porque todos trabajan o estudian. Los porteros y policías cumplen deberes precisos y no se responsabilizan de lo que pasa a su alrededor. En los multifamiliares casi nunca hay buena cohesión de vecinos para medidas que sean de seguridad común y no de caprichos personales. Lo que existe es la autodefensa para enfrentar peligros.
Coletilla. Si esto es comenzando 2009, mucho nos espera para que en el resto del siglo haya más seguridad, o más inseguridad.
